La principal sorpresa reside en que, en lugar de encontrarnos con las aventuras de Robin en sus queridos bosques, robando a los ricos para repartirlo a los pobres, nos topamos con una aproximación historicista a los primeros momentos del personaje, presentados como el prólogo al nacimiento de una leyenda (posiblemente, ya están preparando una segunda entrega). El valor histórico, en cualquier caso, con las Cruzadas, las disputas con Francia, los reinados de Corazón de León o de su hermano Juan, el papel de los señores feudales, etc., es tan elemental y superficial como el resto, una sucesión de combates y conspiraciones que se resuelven con el triunfo del bien contra el mal en una demostración maniqueísta de andar por casa.
Lejos de la ingenuidad más o menos sana de los códigos del cine de género, y a años luz de todo atisbo de reflexión desmitificadora (La gran aventura de Robin y Marian), el resultado se resume en vulgaridad, reiteración y tedio. Ni Robin de los bosques ni el cine de aventuras se merecen tales derroteros.
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