El 3D aliña cualquier guiso apto para exhibición en “las mejores salas”, desde la animación a la comedia o a la ciencia ficción, convirtiendo en espectáculo de feria con el simple aderezo de una salsa aguada esa película insoportable, vista mil veces, prescindible o falta de suficiente interés. Ahora le toca al gore, para que la hemoglobina nos ofenda y el sadismo nos horripile, pero no se trata de aumentar el volumen de sangría para que cuele este bodrio requetesabido ya por vía televisiva y cinematográfica, aunque Scar (2007) alcanza altas cotas de repugnancia visual en espectadores equilibrados, obligados a apartar la mirada en más de una escena, siguiendo el genérico surco marcado por Hostel o Saw. Tampoco es que los efectos nos bañen en plasma sanguíneo, más bien nos pretende incluir en la acción con el recurso a una mano que se acerca, un palo que vuela o una joven desnuda con el sujetador en la mano.
Las jóvenes caperucitas que se atreven a apartarse del buen camino un par de pasos, se arriesgan a hallar un lobo feroz provisto de cloroformo, un buen zulo e instrumental de tortura, para disfrute de sádicos de vocación y masoquistas provistos de palomitas, es decir, que el primer guión que escribió Zack Ford y filmó Jed Weintrob tiene menos originalidad que un almacén chino atestado de camisetas Gucci. Scar da ganas de gritar de horror y no de miedo.
EVA PEYDRÓ |