A partir de una novela de Dennis Lehane, responsable de los originales literarios que inspiraron dos thriller psicológicos tan acreditados como Adiós pequeña, adiós o Mystic River, Martin Scorsese despliega todo su talento narrativo, que es mucho, para ofrecernos un thriller de similares condicionantes psicológicos, que se inscribe dentro de un apartado del género en el que nada es, ni de lejos, lo que parece. Una condición del relato, los enigmas y sus soluciones, que obliga a ser muy cauto a la hora de escribir acerca de la película, pues cualquier velo que se levante sobre el misterio de la historia actuará directamente en contra de la misma.
El principal problema de este tipo de films es su necesidad de confundir al espectador, de dejarlo sin defensas para las revelaciones finales, pero al mismo tiempo prepararlo para que las acepte convencido, pues de otro modo éste saldría de la sala más cabreado que encantado. Unos planteamientos que el maestro Hitchcock utilizaba en clave de juego y que el maestro Scorsese dispone en clave mucho más seria, reflexionando sobre un tema tan recurrente en su filmografía como es el horror, la culpa y la redención, en esta ocasión aplicado al universo de la locura, con un dilema entre aceptarla y ser liberado de la falta, o sanar y asumir por contra el peso de la misma. Esta “seriedad” hace que las inevitables licencias que se permite la trama en su tarea de “conducir” al espectador, se disculpen menos, aunque hay que reconocer que el cineasta las oculta y amaña con extremada habilidad, tanta que en la escena final se permite traicionar a un personaje, el interpretado por Mark Ruffalo, en aras de la efectividad de la reflexión central del film o de la propia resolución del personaje protagonista (a cargo de un cada día más convincente Leonardo di Caprio), sin que la historia apenas chirríe.
Dejando aparte estas matizadas reservas con las minas trampa sembradas a lo largo de la narración, lo cierto es que nos encontramos ante un pedazo de buen cine, un thriller perfectamente narrado que mantiene atrapado en todo momento al espectador, y que despliega una capacidad onírica, de relato alucinante y alucinado, realmente notoria, y todo ello contando únicamente con los recursos del cine de siempre, sin necesidad de echar mano de artificios visuales ni de socorridos golpes de efecto, sólo aliento clásico en estado puro. Mucho mérito en los tiempos que corren.
PEDRO URIS |