Las pretensiones de relato psicológico y de reflexión acerca de que todos tenemos un lado oscuro, incluso aquéllos que, como el protagonista de la película, un veterano oficial de libertad condicional, poseen la potestad de decidir acerca de la redención (o no) de los demás, constituyen a la postre lo único “destacable” de esta producción norteamericana, ya que, si dejamos de lado estas buenas intenciones de las que dicen está empedrado el infierno, nos encontramos ante un producto muy pobre en todas sus propuestas, con una manida historia de manipulación de un agente de la ley por medio del sexo, que acumula escenas y conversaciones que, en el mejor de los casos, no conducen a ninguna parte, y en el peor resultan de lo más pedestre. Las erráticas y arbitrarias secuencias finales evidencian que a esas alturas, de tanto darle vueltas a la noria, ninguno de sus responsables sabía por dónde andaba el relato.
PEDRO URIS |