No es la primera vez que Werner Herzog se aproxima a un tema o un personaje sólidamente asentado en el universo cinéfilo, ya lo hizo con Nosferatu y ahora lo hace con el policía interpretado por Harvey Keitel en el film de culto de Abel Ferrara, y en ambas ocasiones lo ha hecho sin mirar, ni para bien ni para mal, al original, ajustando el mito a su personal punto de mira y construyendo un relato distinto que aleja cualquier tentación de comparación con su predecesor. Desprovista, pues, de intención alguna de meditar acerca de la redención, fundamento moral del estimable film de Ferrara, la película de Herzog es, como corresponde a un autor tan poderoso como el alemán (lo mismo sucede con los noirs de Orson Welles), un thriller inclasificable y completamente desmarcado de los códigos del género, hasta el punto de que la intriga ni siquiera existe: la película adjudica la identidad del culpable a la primera persona que se cita y pasa a otra cosa, a lo suyo, a hablarnos del mal como algo cotidiano en la sociedad humana, sin ofrecer al espectador ninguna excusa para distraer su atención.
Ni ese punto de apoyo, ni tampoco ningún otro, porque Teniente corrupto es un film especialmente trasgresor, y no sólo por no administrar ningún castigo a los personajes malvados (tendría que haber hecho una auténtica escabechina a la vista del número de merecedores de la ira divina que aparecen en pantalla), algo que, por otra parte, ya no resulta demasiado novedoso –ni trasgresor- en el cine actual (hasta los productos más convencionales y trillados se permiten guiños en que los truhanes se salvan de la quema), sino por traicionar hasta sus últimas consecuencias una de las reglas sagradas de las historias en la pantalla, la empatía que debe provocar el protagonista en el espectador, una norma que muy pocos se atreven a saltarse (el propio Hanibal Lecter, por citar un malvado de amplia proyección, disponía de un generoso margen de empatía y conseguía que el espectador se sintiera un poco “colega” cuando, en el plano final, andaba en busca de carne humana que llevarse a la boca) y que esta película dinamita literalmente, pues el protagonista, el policía corrupto que interpreta Nicolas Cage -quizás no sea el actor más adecuado para el empeño-, no deja ningún espacio para ello, no hay nada en su conducta que genere complicidad, simpatía o comprensión, y si por si eso no fuera suficiente, se le adjudica una dolencia en la espalda que le obliga a ir medio encorvado todo el film, casi como un espectro de desagradable visión que recuerda a otros ilustres “espectros” de la filmografía del cineasta, especialmente los interpretados por Klaus Kinski.
La maldad ya no se encuentra en el interior de los personajes, de determinados personajes, ya no está localizada en sujetos concretos, se ha producido la metástasis y se encuentra en todo el tejido social, todos son esencialmente malvados, como sucedía en El honor de los Prizzi, de John Huston, pero en esta ocasión sin el relativo glamour que podían ofrecer Jack Nicholson y Kathleen Turner. Esta vez nos encontramos sumidos en la desnudez y la desolación más absolutas, sin ninguna esperanza, con un demoledor “happy end” en el que todo vuelve a ser como antes, no importa que a nuestro protagonista se le hayan solucionado todos los problemas de un plumazo y el Cielo parezca brindarle una oportunidad de redención, estamos en el Infierno de la Tierra y aquí este concepto ni siquiera existe.
PEDRO URIS |