Tras su exitosa incursión en el cine más comercial, la trilogía de El señor de los anillos, el neozelandés Peter Jackson parece querer asumir los riesgos de un cine con mayor margen de “autor”, con esta adaptación de un best seller fechado en 2002 y escrito por la norteamericana Alice Sebold, una obra que desconozco y que, como la película, está narrada desde más allá de la tumba por una adolescente víctima de un serial killer.
Sin embargo, los resultados son igual de nulos que en sus trabajos precedentes, en esta ocasión por lo irrelevante y plomizo de la totalidad de sus personajes y situaciones (estiradas hasta el infinito en el primer tercio del film), por la burda caracterización que ofrece del asesino, por la extremada pobreza que muestra a la hora de contemplar el universo social en el que suceden los hechos, por lo trillado y desprovistos de emoción de sus mensajes acerca del amor en el seno la familia, y especialmente por su delirante visión del Más Allá, un espacio que parece sacado de un catecismo pop y en el que sus moradores más que muertos parecen estar conectados a un gotero de LSD y vivir una especie de “tripi sinfín”.
PEDRO URIS |