Cuando argumentaba mi crítica sobre el film de Fernando Meirelles A ciegas (2008), sobria adaptación de Ensayo sobre la ceguera de José Saramago, reflexionaba sobre la fragilidad de todo aquello que nos hace humanos ante situaciones límite, comparando el humanismo como una fina capa que envuelve y disimula la naturaleza indómita e incontrolable del ser humano. La idea, tomada de Thomas Hobbes y su conocida máxima «el hombre es un lobo para el hombre», consistía en que en un contexto en que no estuviera garantizada la supervivencia, el ser humano se comportaría como un animal y sería capaz de las cosas más atroces. Hasta el punto de que, en caso de apocalipsis global, lo más seguro sería estar lejos de él, lo más aislado posible.
Esta reflexión se hace más patente todavía en el último film de John Hillcoat, The road, magnífica y fidelísima adaptación de la novela de Cormac McCarthy. Angustioso, visceral y pesimista tratado de supervivencia, el film narra básicamente el viaje de dos supervivientes a través de un país devastado hacia ninguna parte. Gracias a la fotografía grisácea de Javier Aguirresarobe y a la narración honda y desgarrada de Hillcoat, asistimos a una descripción hiperrealista de un mundo postapocalíptico, poblado de muerte y destrucción, cenizas y polvo, donde en cada plano se transmite el hambre, la sed y el miedo de los vagabundos que caminan desorientados por unas carreteras llenas de peligros, especialmente a ser atrapados, violados y comidos por los caníbales.
Pero también habla de muchas otras cosas: la dura y a la vez tierna historia de amor entre un padre y un hijo que tratan de sostener el bastión moral que da sentido a sus vidas en medio del caos. Sin caer en el sentimentalismo gratuito, The road muestra los últimos vestigios de humanidad por parte de quienes tratan de mantenerse civilizados frente a los bárbaros que comen carne humana, quienes confían en la cooperación frente al egoísmo instintivo, quienes se aferran al amor para no dejarse llevar por el terror.
Es por esto que también destaca el film por su investigación filosófica: ¿es ético matar para sobrevivir en el infierno? ¿Se debe ayudar al prójimo a pesar de todo? El realizador medita sobre las causas perdidas: ante tanta destrucción, ¿los protagonistas están sobreviviendo o sólo retrasan su muerte? ¿Tiene sentido la esperanza cuando la extinción es un hecho? ¿Es el suicidio una salida del abismo? ¿Qué sentido tiene la religión en estos términos? ¿Existe Dios? Y, de existir, ¿cómo es capaz de permitir tanto dolor y sufrimiento? ¿Qué camino seguir para salir adelante: aferrarse a la humanidad o abrazar el salvajismo más irracional?
Aunque para muchos sea un defecto, la no concreción de las causas del apocalipsis puede considerarse una sabia advertencia ante el futuro que nos espera. Ya sea por una guerra nuclear, por el impacto de un meterorito o por una crisis ecológica global, el ser humano debe ser consciente de que la realidad no es algo inmutable que estará siempre a su servicio. El mundo tal y como lo conocemos es fruto de un delicado equilibrio natural que cada vez está más en entredicho y la ambición humana puede crear conflictos que acaben con nuestra forma de vida. The road es un indigesto recordatorio.
PAU VANACLOCHA |