(1) TIANA Y EL SAPO, de John Musker y Ron Clements
El príncipe y la mulata

Un nuevo producto Walt Disney-Pixar, con abandono del moderno sistema de animación digital para regresar al clásico dibujo artesanal, ahora realizado con una depurada técnica que permite una perfección formal perceptible en la estilización del grafismo, en el uso narrativo del color, en la mayor complejidad de los gags y en la riqueza visual de los fondos, captados primero en fotografía como referencias espaciales para la ambientación de las escenas y retocados manualmente después, como ha sucedido aquí con la ciudad de Nueva Orleáns, aprovechando dos localizaciones básicas: el popular barrio francés con sus balcones de hierro y bulliciosas callejuelas, además del señorial Garden District, a lo que se añade el gran delta del Mississippi, lleno de vericuetos pantanosos, que ha servido para ubicar los lances más inquietantes llenos de magia, hechizos y vudú.
Tiana y el sapo, con producción ejecutiva de John Lasseter (Toy story, es el largometraje nº 49 de la Disney, que inició su trayectoria con Blancanieves y los siete enanitos (1937). El film es la libre adaptación de un cuento de hadas y brujas de los hermanos Grimm, un relato fantástico con amor, sorpresas y humor en donde no faltan los animales “humanizados” y, sobre todo, abundante música y canciones a cargo de un Randy Newman que ha recurrido a la inspiración proporcionada por el jazz típico de los años 20, el blues, el gospel y el zydeco (una música étnica local).
Y así, pese a las dificultades y mutaciones corporales, la joven y guapa mulata —hija de costurera pero decidida a convertirse en dueña de un restaurante— logrará cazar finalmente al apuesto príncipe. El exceso de almíbar y de ingenuidad impide a la película alcanzar los niveles de interés logrados por otros títulos más inteligentes y novedosos.

VANACLOCHA