Tal como sucedía con sus dos trabajos anteriores, El Bola y Noviembre, la tercera película de Achero Mañas no dejará indiferente a nadie, por el poderío que exhiben sus imágenes y también por los riesgos que asume al contarnos una historia que anda siempre en el filo de lo aceptable, tanto en su recorrido argumental, el protagonista apura su comportamiento hasta extremos complicados de situar en la realidad sin otorgarle al hombre el descargo de haber perdido el juicio; como en su recorrido moral, con una meditación sobre los roles de género en el seno de la familia y de la sociedad, que muchas veces no se sabe —el que suscribe no es capaz de establecerlo sin margen para la duda— si es confusa y desordenada, o por el contrario compleja y abierta.
Su principal mérito es la exigencia que impone tanto al guión como a la puesta en escena, respetando al máximo los personajes, todos, y las situaciones, todas, hasta las más complicadas, que hay unas cuantas, y consiguiendo que unos y otras respiren vida por los cuatro costados, de modo que el espectador no sólo acepta sino que comparte las emociones y motivaciones de sus protagonistas. Una “verdad” que disfruta del inestimable apoyo del soberbio trabajo de los actores, con nota, por aquello de los extremos, para la más pequeña, Lucía Fernández, con una envidiable soltura, el cineasta sabrá lo que le ha costado, para recitar sus líneas de diálogo, y un rostro que permanece en la retina cuando ella desaparece de plano; y el más veterano, un inmenso José Luis Gómez que borda su patético y entrañable personaje.
En el debe, algunas soluciones de guión demasiado “convenientes” para facilitar el camino deseado para el relato, tales como la caracterización extrema que se aplica a la familia de la esposa o la paliza homófoba que recibe el protagonista, y especialmente la reacción final de la niña, que puede que cierre adecuadamente la película, yo creo que lo hace, pero que al mismo tiempo, y no creo que sea la intención del cineasta, puede legitimar como válido, incluso como adecuado, un método para superar el trauma derivado de la muerte de la madre, que a mí, sin ser padre ni psicólogo, no me parece demasiado recomendable.
No sé cuál sería la posición exacta del fiel de la balanza, en lo que a calificación se refiere, a la vista de los párrafos anteriores, valga en cualquier caso la puntuación elegida como reconocimiento a la sensibilidad y profesionalidad de un film que está impecablemente construido, deja sobre la mesa muchas cuestiones de alcance, y posee unas imágenes cargadas de una extraña poesía. En todos los casos, señas de identidad del buen cine.
PEDRO URIS |