Esa es la pregunta que cualquier espectador puede hacerse tras ver Tron Legacy, discreta aventura fantástica de corte cyberpunk que homenajea, que ya es algo, la ya clásica película de Steven Lisberger. Pero si Tron (1982) gozó del mérito de la originalidad y, en cierta manera, de la clarividencia, al combinar la existencia de universos paralelos de corte totalitario con la —por entonces incipiente— tecnología informática —¿acertada denuncia de a dónde nos puede llevar el desarrollo científico si no va acompañada de avances en el terreno de lo social?—, el film de Joseph Kosinsky se me antoja una mera fotocopia embellecida, eso sí, por el efecto fotoshop del tratamiento digital actual y esa estética tecno-futurista que tan bien desarrolló Matrix y sus secuelas, que no es sino un compendio, un remix, un refrito de influencias estéticas de los años 90, que van desde el cine de artes marciales, el manga japonés, el videoclip, los juegos de ordenador… y la citada Tron.
Narrativamente el film no nos cuenta nada nuevo: décadas después de los hechos narrados en la cinta original, el hijo de Kevin Flynn, un programador experto en tecnología de 27 años, viaja a aquel universo cibernético frío y aséptico gobernado por una versión fascista de su padre, con quien tendrá que enfrentarse. La historia está condimentada con numerosas escenas de acción, persecuciones y luchas que muestran el derroche efectista de un Hollywood carente de ideas originales, escenas que reproducen con gran fidelidad partes del film de 1982. Por eso mismo, Tron Legacy es un ejercicio de nostalgia dirigido a los incondicionales de la película de Steven Lisberger y, por qué no, a las nuevas generaciones que desconocen el referente analógico.
PAU VANACLOCHA |