El cine negro francés, el polar, un género con larga tradición en el país vecino, ha ido sufriendo las inevitables transformaciones asociadas al cambio de los tiempos, una actualización que no sólo ha afectado a sus planteamientos narrativos, tanto de guión como de puesta en escena, sino que también ha alcanzado, sobre todo, a personajes y ambientes, los primeros progresivamente despojados de la grandeza que exhibían los hampones clásicos (el Gabin de Touchez pas au grisbi, o todos los tipos creados o vividos por José Giovanni), y los segundos fruto de las nuevas características del delito. En este camino de actualización, de dolorosa actualización a la vista de la miseria moral de unos y otros, esta excelente película constituye no sólo un paso más, sino todo un hito en la evolución y el asentamiento del género, pues aunque los personajes están perfectamente atendidos en sus rasgos humanos, desde el primero hasta el último, ya no queda en ellos ni rastro de los valores que animaron a sus padres y sus abuelos. El universo del hampa ya no es un espacio de lealtades dotado de un código propio, es una jungla en la que cada cual sólo busca su propio interés, sobrevivir primero y medrar después, pisando la cabeza o rajando el cuello del que haga falta. Un universo completamente deshumanizado en el que sus personajes -insisto, todos- muestran sentimientos y debilidades humanas, algo que los convierte, a ellos y sus espacios, en todavía más próximos y por tanto más terribles.
No es sólo en este lado del Atlántico donde la película establece un punto y aparte, también lo hace con reconocidos modelos de su versión norteamericana, especialmente con las convenciones asociadas al modelo de los “padrinos” y sus respectivas mafias, unas violentas, incluso sanguinarias, familias que, no obstante, seguían manteniendo vivos algunos códigos de honor, aunque sólo fuera el respeto por sus mayores. Un adorno literario, en ocasiones casi una justificación poética, que aquí también desaparece por completo, con un padrino de la mafia corsa, el Cesar Luciani que interpreta magistralmente Niels Arestrup, comportándose como lo que es, un delincuente y un asesino que sólo piensa en su propio beneficio, incluso en esa impresionante escena final en la que, humillándose, trata de acercarse a su pupilo. Ya no queda, pues, espacio para la lírica, y la realidad es tan afilada como esa hoja de afeitar que se ve obligado a utilizar el protagonista en la primera parte del film.
Un thriller carcelario en toda regla que narra una evolución clásica en los relatos de cualquier tipo, la maduración de un personaje en el mal: la experimentada por el joven francés de origen árabe (una interpretación absolutamente ejemplar del, para mí, desconocido Tahar Rahim, incluido un impecable trabajo con el físico) que no pertenece a ninguno de esos dos mundos, ni tampoco a cualquier otro, y que se “hace un hombre” en la cárcel, aunque sea convirtiéndose en un pequeño capo con las manos manchadas de sangre. Que sea un trayecto relativamente conocido no le resta un ápice de mérito e interés, pues lo importante no es el esquema sino su aplicación concreta a un personaje y unos ambientes, a los recursos y sucesos que se articulan para justificar la citada evolución del protagonista, y en este aspecto la película vuelve a ser sobresaliente. Lo mismo que sucede, y éste es el argumento que eleva definitivamente el film, con la minuciosa descripción que efectúa del interior del universo carcelario, de las leyes que lo rigen, de cómo los negocios y la política continúan su curso tras las muros de la prisión, de las relaciones entre el interior y el exterior, de los delitos que tienen su centro de operaciones en una celda que se supone neutraliza la amenaza que constituye su ocupante. Una realidad sobre la que el espectador puede haya tenido noticia a través de los medios de comunicación, pero cuyos mecanismos seguro que desconocía, algo que ya no sucederá después de esta extraordinaria y dura película, que sitúa todos sus niveles de exigencia —arquitectura del guión, recreación física de los tipos y ambientes, complejidad de intereses individuales y colectivos, minuciosidad a la hora de describir los sucesos, sus móviles y sus circunstancias, etc.— en un listón realmente difícil de superar.
PEDRO URIS |