No es raro encontrar evidencias de impostura en la ya extensa filmografía de los hermanos Coen. Mucho más frecuente que localizar obras maestras, a pesar de quienes siguen citando Muerte entre las flores (1990) como sabia adaptación de Dashiell Hammett, no acreditado ni agradecido en el film, cuando se trata de un asalto a mano armada a la naturaleza de la serie negra, como ya dejé escrito en nuestro ejemplar 1.399, hace casi mil números y diecinueve años. Más tarde, ejemplos harto discutibles, como Fargo, The big Lebowski, El hombre que nunca estuvo allí o No es país para viejos, e incluso las decididamente mediocres O Brother, Crueldad intolerable, Quemar después de leer y el remake The ladykillers, continuaron recogiendo alabanzas y alimentando el carácter de impostura de cada una de las películas.
En Un tipo serio volvemos a tropezarnos con esas constantes. Como declaración de principios, se parte de la comedia con tintes negros y se ambienta en una comunidad judía a finales de los años sesenta. Sin embargo, ni las referencias o análisis del contexto aparecen por parte alguna, ni el humor tiene otra inspiración que el chiste burdo y la comicidad más complaciente. Lejos de las preciadas joyas que nos ha dado la obra de Woody Allen en torno a estructuras familiares y épocas no demasiado alejadas, los Coen nos proponen una caricatura infinitamente más próxima a las sandeces de Mel Brooks y demás parentela. Cómo no, la puesta en escena, la elección de los actores —-con rostros más conocidos, la farsa resultaría bochornosa—-, la ambientación (con alguna que otra licencia) y el tempo participan de una aparencial brillantez. Normal, de lo contrario no hablaríamos de impostura: los Coen no pretenden reflejar ni criticar un universo repleto de carencias y majaderías, ni poner en solfa los rasgos fundamentalistas de ciertas actitudes religiosas. Sólo fingen que lo llevan a cabo. Y, en este mundo, hay gente mucho más incauta que Larry Gopnik, el atribulado protagonista de esta tramposa comedia.
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