Palma de Oro en Cannes 2010, el segundo largometraje que nos llega de A. Weerasthakul (Bangkok, 1970 —un arquitecto que cursó estudios de cine en Chicago— fue realizado con actores profesionales y amateurs, destacando por una belleza de imágenes que lo debe todo a una sabia utilización de la luz.
Para un espectador occidental, acostumbrado a catalogar los filmes por géneros, Uncle Boonmee… pertenecería al cine fantástico tanto por su carácter onírico como por la omnipresencia de recuerdos y universos mentales que desafían la lógica (su estilo nos hace evocar desde J. Cocteau a D. Lynch) y que en la cultura oriental adquiere una absoluta normalidad toda vez que los mitos y leyendas que pueblan el relato hunden sus raíces en el budismo, el panteísmo (la Naturaleza) y especialmente la reencarnación, creencias que el realizador baraja en todo momento, como en la secuencia de la ascensión a la caverna (metáfora de regreso al útero materno / a una vida anterior)
Sin el hondo lirismo ni el rigor conceptual de Mizoguchi o Kurosawa, la película se sirve de una cámara contemplativa, con planos fijos y de larga duración, con el resultado de un ritmo pausado que la hará de difícil digestión para aquellos sectores del público poco amantes de exotismos y rarezas. Porque, coherente con su concepción del mundo, el cineasta tailandés sitúa en el mismo nivel de importancia significativa a vivos y a muertos; a hombres y a mujeres; al pasado, el presente y el futuro; a animales y personas; a los cuerpos y a los espíritus… en una especie de caos narrativo que mezcla referencias en buena parte autobiográficas con situaciones tomadas de los tebeos y películas de su adolescencia(de gran ingenuidad y tosquedad técnica pero de gran carga imaginativa) y de un libro de relatos del auténtico Uncle Boonmee, que fue un anciano visionario muy amante de la meditación.
Concebido como un homenaje a su familia y a su hogar, el film cuenta los últimos días del personaje citado en el título, un enfermo terminal que se instala en medio de la selva rodeado de los suyos, incluyendo a su esposa y su hijo ya fallecidos pero convertidos en fantasmas. Además de memorias personales, encontramos también una cierta voluntad de teorizar sobre el lenguaje audiovisual (foto, cine y TV como instrumentos creadores de imágenes virtuales, de seres no reales que habitan universos alternativos) así como de hacer algunas reflexiones sobre el mundo actual: reticencia ante los cambios traídos por la “modernidad” y rechazo de la destrucción de especies y de culturas, además de condenar la violencia generada por los ejércitos y, más implícitamente, por las dictaduras militares que parecen consustanciales a la nación tailandesa.
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