Isabelle Huppert en una escena de VILLA AMALIA
(3) VILLA AMALIA, de Benoît Jacquot
La soledad es esto

Seguro que alguno o alguna de los que estáis leyendo ahora esta crítica, os habrá pasado por la cabeza en un momento de vuestras existencias, tomar la determinación de iniciar un cambio radical en la vida, ya sea abandonando a la pareja o el trabajo, o ambas cosas a la vez, angustiados por una cotidianeidad inaguantable, a la búsqueda de hallar la felicidad aunque sea de una forma diferente y más sencilla. Pues esto es lo que le sucede a la protagonista de Villa Amalia, la imprescindible actriz Isabelle Huppert (el director Benoît Jacquot ha declarado que necesita hacer una película con ella cada tantos años, para contrastar cómo se encuentra cada uno tras el paso del tiempo). Tras descubrir que su compañero sentimental durante los últimos quince años besa en secreto a una extraña, decide romper con él y abandonar su prestigiosa carrera de compositora y pianista. Ese es el detonante, la insignificante escena del beso, aunque seguro esconderá un malestar incubado durante mucho tiempo.
Basada en la novela de Pascal Quignard, autor de otro célebre relato, Todas las mañanas del mundo, también trasladado al cine acertadamente en 1991con dirección de Alain Corneau, Villa Amalia nos incita a reflexionar sobre los pros y contras de la soledad, la búsqueda de la felicidad, la muerte, los pequeños momentos que hacen que la vida sea más agradable (diálogos y situaciones rohmerianas), los secretos familiares que se desvelan con el paso del tiempo. Rodada en la bellísima isla de Ischia (allí filmó Billy Wilder la magistral Avanti! / ¿Que ocurrió entre tu padre y mi madre?), la protagonista intenta rehacer su vida, muchas veces en contacto con un amigo de la infancia, ahora homosexual (Jean-Hughues Anglade), y con los habitantes de la isla. El estilo de Benoît Jacquot es duro, radical, sin concesiones, lleno de tiempos muertos, silencios o largas conversaciones. En ocasiones se pasa de frenada, pero es coherente hasta el plano final. La conclusión final sería que estamos más solos de lo que creemos en este mundo, aunque vale la pena vivir en él.

VICENTE