Margarethe von Trotta quedó fascinada cuando descubrió la vida y obra de Hildegarda de Bingen, nacida en 1098 de familia noble, ingresada en un convento benedictino a los 14 años, nombrada abadesa, fundadora de una nueva orden religiosa, constructora de un convento cerca de Maguncia y fallecida en olor de santidad tras más de 40 años como monja de clausura. Uno de los principales atractivos de la película es su meritoria equidistancia entre la habitual beatería hagiográfica y la mirada anticlerical —pasada por el tamiz de la Ilustración— de films como Madre Juana de los Ángeles (J. Kawalerowicz, 1961) o La religiosa (J. Rivette, 1966).
A la cineasta alemana —a juzgar por su sobria puesta en escena, la fuerza expresiva de las imágenes, la verosimilitud de la ambientación y el vestuario o la rigurosa dirección de actores— le ha preocupado que la admiración por la figura biografiada no la impulsara a traspasar los márgenes de la objetividad y, dentro de lo posible, del realismo. En el film el marco histórico tiene mucha importancia ya desde la primera secuencia sobre el terror milenarista ante el anuncio del fin del mundo. Está además ese oscuro universo medieval en que se mezclaba teología y revelaciones divinas, éxtasis místicos y autoflagelaciones. Estaba también la desconfianza del clero masculino ante las dudosas experiencias sobrenaturales de algunas monjas víctimas de la histeria o de las alucinaciones, la falta de verdadera vocación de muchas niñas obligadas por sus padres a profesar, el interés de los monasterios por la dote patrimonial que aportaban las novicias, etc.
Hildegarda de Bingen es presentada aquí como una reformadora y una visionaria adelantada a su tiempo (en el siglo XII imperaba la rígida filosofía escolástica, la concepción apocalíptica del mundo, el predominio de los misterios, el pecado y el castigo, la omnipresencia del sacrificio y de la condenación eterna), como una precursora del humanismo del quatrocento. Ella sustituyó la obsesión por el dolor y la expiación por la idea del amor y la felicidad; cultivó las artes y las ciencias como poetisa, filósofa, médico naturalista (incluyendo nociones de sexología), defensora del ecologismo y compositora de unas 90 piezas musicales que enriquecieron el canto gregoriano con nuevas melodías y armonías (integradas algunas de ellas en la banda sonora). Incluso visitó al emperador Federico Barbarroja, llamada a la corte por la fama de sus visiones y de sus escritos.
Sus interpretaciones sobre la fe cristiana y sus revelaciones proféticas no la llevaron a la hoguera de los herejes porque fue respaldada por las más altas jerarquías de la iglesia, como relata el documentado guión de la propia realizadora, inspirado en la autobiografía de la abadesa, en sus libros religiosos y científicos, así como en su correspondencia epistolar. Quizás por esa razón el film tampoco pasa por alto los defectos humanos y contradicciones que hacían chocar la aspiración a la perfección espiritual con las taras mundanas que la perturbaban: la envidia, la lujuria, la vanidad, etc.
La actriz y cantante Barbara Sukowa encarna convincentemente a la protagonista. Ya antes había trabajado a las órdenes, entre otros, de R. W. Fassbinder, Lars von Trier, V. Schlöndorff, Tim Robbins y A. Holland.
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