(5) CRÍTICA DE EL IRLANDÉS, de Martín Scorsese

(5) PEDRO URIS. Lo primero que hay que comentar con motivo del estreno del último trabajo de Martin Scorsese, uno de los grandes de la historia del cine, resulta ajeno a su condición de obra cinematográfica y se refiere a las peculiaridades de su distribución, o su «no distribución» para ser algo más precisos. Y hay que comentarlo porque, al igual que sucediera con Roma, ilustra una nueva realidad de la distribución del audiovisual que, en último término, se traduce en un consumo individual, en la pantalla de un televisor en el mejor de los casos y en diversos soportes informáticos en el resto, frente al consumo colectivo que ha caracterizado desde siempre a las salas de cine. Una realidad que resulta estéril calificar de mejor o peor, cada uno pensará una cosa y seguro que todos tienen su parte de razón, y que simplemente hay que aceptar como algo que ya forma parte de nuestro tiempo y nuestra vida. Así, El irlandés, una de las películas más esperadas de la temporada, se ha estrenado en tan solo 45 salas en toda España —una película de su «tamaño» lo normal es que lo haga en unas 300 salas—, con el «agravante» de tratarse de salas pequeñas —en Valencia únicamente en los Babel— y muchas veces reservadas a un público minoritario (Roma, la mencionada película de Alfonso Cuarón todavía se pudo ver en menos salas, en tan solo cinco y ninguna de ellas en Valencia capital). Son las condiciones que impone Netflix y su modelo de negocio y uno podrá añorar la gran pantalla de las salas de cine, lo mismo que echar de menos el papel frente al libro electrónico, pero, en cualquier caso, las historias de la ficción, las grandes historias de la ficción en esta ocasión, siguen estando ahí, en el soporte que sea, y necesitan de los cineastas, en todos sus apartados, para seguir existiendo. Y gracias a este nuevo modelo del audiovisual podemos disfrutar —unos ya lo hemos hecho en las pantallas de un cine, otros lo harán en sus televisores dentro de unos pocos días y otros, los que no dispongan de este servicio, dentro de un tiempo todavía indeterminado— de esta monumental obra del gran Martin Scorsese —que recién cumplió los 77 años de edad— que constituye un envidiable fresco de la sociedad norteamericana entre los años 50 y 80 protagonizado por una larga lista de personajes reales, desde el protagonista, Frank Sheeran, un sicario al servicio de «sindicatos» de diverso signo, hasta los propios Kennedy que llegaron a lo más alto del poder y acabaron asesinados, pasando por relevantes nombres de la Mafia y por el líder del poderoso sindicato de camioneros norteamericano Jimmy Hoffa. Unos personajes sacados, como hemos apuntado, del mundo real que están perfectamente insertados en una historia construida según la leyes de la ficción. Y esto es una de las muchas virtudes de esta película, su condición de clase magistral acerca de lo que es una narración

cinematográfica. Scorsese siempre ha sido un gran narrador, pero en esta ocasión alcanza la excelencia. En esta ocasión, el cineasta suelta, además, un lastre que, en mi opinión, le ha pesado en otras películas, el de la relativa sublimación de algunos de sus detestables personajes, como si el crimen y la corrupción poseyeran una lejana aura de grandeza. Nada de esto sucede en esta película, todos sus personajes están contemplados a ras de suelo, son unos vulgares matones, aunque ello no significa que no sean seres humanos —en eso radica, precisamente, lo terrorífico de su presencia—, con sus sentimientos familiares y sus lealtades de amistad, aunque la vida que han elegido, esa que se rige por las leyes profundas del capitalismo salvaje, les exija dejarlos al margen cuando se trata de intereses y negocios. La película es un viejo proyecto del cineasta, que ha tardado varios años en concretarse, inspirado en un libro de Charles Brandt, a partir de unas declaraciones casi póstumas de Frank Sheeran en las que reconoce su participación en el asesinato de Jimmy Hoffa —una desaparición que el FBI nunca pudo resolver pues ni siquiera se encontró su cadáver—, que fue convertido, tras diversas vicisitudes, en un preciso guión por Steve Zaillian —un reconocido guionista, con alguna incursión en la realización, responsable de títulos como La lista de Schindlero Gangs of New York—. Nos ofrece una demoledora visión de un sistema social, perfectamente identificable con una determinada visión del capitalismo sobre la vida y la sociedad, en el que la palabra «conciencia» carece de sentido, es algo que queda para los literatos y los poetas, pues la vida es otra cosa, un juego de intereses y favores en los que cada uno trata de

sacar el mayor provecho propio posible. Unos, todo; otros, las migajas; y otros, la mayoría, padeciendo este expolio en silencio. Particularmente terrible, para nuestra sensibilidad, es la visión que nos ofrece del sindicalismo norteamericano encarnado por ese Jimmy Hoffa interpretado por Al Pacino, un movimiento de amplio calado entre la clase obrera que utiliza en sus mítines la terminología del sindicalismo más esencial —esas continuas llamadas de nuestro líder a la solidaridad—, que, en su enfrentamiento con los patronos, recurre a un empleo de la fuerza que, en ocasiones, muchos aplaudirían para sus empresas —la fábrica que vuelan porque ha despedido a dos trabajadores del sindicato— y que consigue para sus afiliados unas amplias mejoras salariales y sociales… pero que, en realidad, no es más que una organización de delincuentes en estrecha colaboración con el crimen organizado, con la Mafia. Una vinculación tan profunda que lo acaba convirtiendo en una de sus necesarias extensiones. La complejidad que alcanza el cineasta en esta lectura es, de nuevo, admirable. Como compleja y desoladora es esa parte final con la decrepitud del protagonista, el asesino sin piedad se ha convertido en un anciano repudiado por sus propias hijas que aguarda el final atado a una silla de ruedas en la solitaria habitación de una residencia, y no descubro nada porque es el inicio de la película. Un tipo que, inevitablemente, despierta la piedad del espectador porque es humano como él, porque le pasan cosas que puede que, en un futuro, también le pasen al espectador. Eso es lo terrible, es alguien como nosotros, podría ser nuestro vecino, nuestro hermano, cada uno de nosotros incluso, pero sigue siendo un ser sin ninguna conciencia, o con una conciencia sometida a los imperativos de los intereses de una clase de delincuentes, lo que viene a ser lo mismo. Tremendo.
Y voy a poner punto final a este texto porque ya son muchas líneas, pero es que uno no acabaría nunca de escribir sobre esta película, lo mismo que nunca dejaría de verla —las casi tres horas y media se pasan en un suspiro—, con una mención al impresionante trabajo de los actores, los conocidos y reconocidos y también los menos populares. Están todos inmensos, especialmente Joe Pesci, que alcanza un estado de gracia pocas veces visto en la pantalla. Obra maestra.

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