A PROPÓSITO DE «EL CIUDADANO ILUSTRE». PRESELECCIONADA POR ARGENTINA PARA LOS OSCAR

ALFONS CERVERA: El poniente que no se cicatriza aún le duele a la tarde. Jorge Luis Borges

Cualquier regreso es imposible. Aunque a veces -demasiadas veces, sobre todo en las películas y las canciones inútiles- el regreso se convierta en un cuento chino que no soporta la más mínima prueba del algodón. A pesar de esa seguridad, hay gente que lo intenta, que se empeña en romper el cerco a que los orígenes someten -con una insospechada crueldad maléfica- lo que vino luego. El protagonista de El ciudadano ilustre, con su Premio Nobel de Literatura en la mochila, rompe su duda del principio y se abisma en la remota posibilidad de desandar lo andado con buen pie. Hace más de cuarenta años que abandonó Salas, su pequeño pueblo perdido en una Argentina que no sale en los mapas. Escapaba -lo dice en varias ocasiones- de un encierro que no veía manera de romper. Las pequeñas comunidades tienen sus reglamentos, imponen sus condiciones, te dicen que si no firmas esas condiciones -seas propio de la comunidad o extraño- mejor será que cojas los trastos y te busques otro lugar en el mundo. Y cuanto más lejos, mejor. Y sobre todo: que ni por asomo se te ocurra volver -como en el tango- porque una ruptura con las normas de la tribu es para siempre. El personaje se llama Daniel Mantovani, es escritor famoso, lleva cinco años sin escribir después de recibir el Nobel, sólo va de acá para allá dando conferencias, rechaza cada vez más galardones y compromisos, a ratos se para y escribe un prólogo para algún libro. el-ciudadano-ilustre-1Vive en una casa de la hostia, en Barcelona. Es como uno de aquellos escritores del boom que pasaron hambre en París y empezaron a comer medianamente bien (algunos, muy bien) en Barcelona. Un día recibe una invitación para regresar a su pueblo. El ayuntamiento ha decidido concederle el título de ciudadano ilustre. De golpe, dice que no. Luego se lo piensa. Finalmente dice que sí. Y regresa. Contada así, con esa seca rigidez gramatical de puntos seguidos, podría parecer esta excelente película de los argentinos Gastón Duprat y Mariano Cohn algo parecido a Volver a empezar, la película de Garci. Pero no. Aunque en todos los regresos existen elementos comunes, hay en la que interpreta magistralmente Óscar Martínez unas revueltas interiores que te van dejando -al hilo de lo que dura la historia- para el arrastre. La risa empieza y enseguida se te congela en la cara. Apenas un rictus extraño. No saber si caerte de un lado o del contrario. Indagar, con las pocas fuerzas que te quedan de tanto trasiego, si esa historia que nos están contando pertenece-como dice la última y boba pregunta de un periodista a la celebridad que ya está de nuevo en Barcelona- a la realidad o a la ficción.“¿Quién no ha preferido un pequeño rodeo/a ir directamente adonde estamos?”, se pregunta Auden en uno de sus poemas. El protagonista de esta película ha culminado un rodeo de cuarenta años para estar en su pueblo. Y al final es como si todo fuera igual que cuando lo abandonó en aquella juventud ya tan lejana llena de sueños y ambiciones. Las reglas de la tribu siguen intactas. El que se mueve no sale en la foto. La parálisis de un tiempo que se quedó muerto como se quedó muerto -en esa metáfora que anuncia lo que sucederá después- el auto en que han ido a buscar al ciudadano ilustre para llevarlo a Salas desde el aeropuerto de Buenos Aires. La película acaba como empieza. whiskey-1Otro viaje se anuncia en ese final espléndido: el que comienza en las páginas de un libro. A lo mejor el Premio Nobel de Literatura, Daniel Mantovani, nunca volvió a sus orígenes. Simple y llanamente siguió diciendo no a la invitación del alcalde de su pueblo y decidió convertir esa posible vuelta en un relato de ficción. Pero si ustedes no se pierden esta película -no deberían- podrán construir su propia historia y decidir por su cuenta si son posibles los regresos. Al pueblo de ustedes, si hace mucho tiempo que no lo pisan. O a cualquier parte.

 

 

 

 

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