BAR GESTALGUINOS, ESPÍRITU DE LOS 60

ABELARDO MUÑOZ: Hubo un tiempo en que el barrio de La Xerea era una juerga. Mucho antes de los parques temáticos del siglo XXI, el Carme y Russafa. Todavía era  tiempo en que las estampas de los fascistas Franco y José Antonio colgaban en las aulas escolares, cuando la estudiantina rebelde, que frecuentaba la Universidad de la calle La Nau, ya se apretujaba en las decoradas leoneras que eran los primeros bares de vinos. En los sesenta, que no había un maldito pub con música que llevarse a la boca, los alrededores del Parterre se convirtieron en la Meca del inocente pasotismo de los viejos tiempos.

Así que la quinta del 68, compuesta por chicos y chicas de armas tomar, comenzó a encresparse de sensaciones y contactos, en un mundo transgresor, escondido de la atmosfera reaccionaria del país. Los pajaritos, Los Tres Cerditos, la Tasca, la Tortilla, El ventorro…, vinos y ajoaceite con pan; juke box con discos de rock y soul de 45 revoluciones; cenáculos y tertulias de disidentes. En ese mundo estimulante hay un bar con luz propia: Los Gastalguinos, llamado así porque Vicente, que lo abrió, era de Gestalgar. Lo que en los sesenta era una bodeguita para abuelos se convirtió en la primera cavern -al estilo del Hamburgo beatle-  de la ciudad del Turia. Los y las jóvenes rebeldes,  concienzudamente antifascistas, se encontraban allí para colocarse con porrones de vino y pastillas adelgazantes con alto contenido en anfetamina (Bustaid); y se tiraban toda la santa tarde pegándose el lote y hablando de política, arte y literatura. A salvo de miradas indiscretas, el local, con un  altillo moruno de paredes encaladas, taburetes y mesas bajas, tenía aires entre tugurio rifeño y guarida existencialista. Gestalguinos era el bar donde todo el mundo quería ir.

Han pasado décadas, llegó la democracia, imperfecta, todo lo que queráis, pero llegó; cambió el siglo, y Gestalguinos permanece inmutable, indiferente al paso del tiempo y las modas, en la calle Poeta Liern. Desde su aparición en el 68 está a punto de cumplir medio siglo de existencia.

Todo gracias a Francisca Brull, 63 años, licenciada en Historia, clienta de la primera hora, que se lo quedó en 1975 y lo ha convertido en una mezcla de taberna británica y club de amigos. En la destartalada judería, es un bar muy europeo. El local es una referencia para los jugadores de ajedrez, que han tenido allí desde hace lustros un espacio de encuentro.

Ahora, Francisca, mujer de aspecto dulce y resuelto, que luce una extraordinaria coleta trenzada, al estilo indio, sirve unas pintas de excelente cerveza damm de barril, que le ha dado fama al bar, y recuerda cuando estaba al otro lado de la barra: “No teníamos más de 16 años, pero era un sitio donde nos podíamos reunir. Lo frecuentaban músicos de Bruno Lomas y otros artistas. Al principio íbamos a la Tortilla, de la calle Vestuario, pero allí comenzó la policía a hacer redadas de drogas y nos trasladamos aquí. Vicente, el dueño, había comprado una maquina de discos y la pandilla hacíamos una colecta y comprábamos los discos que nos gustaban para escucharlos en la juke box. Soul, sobre todo: Ottis Reding, Wilson Pickett, Miriam Makeba; sí, lo nuestro por entonces era el soul”.

En 1977 Francisca reformó el local, pero no su espíritu. Un ambiente acogedor domina las dos plantas. Cuajadas de fotografías y pinturas con mucha intención, con taburetes bajos y rincones cálidos donde jugar una partida de ajedrez, bebiendo buena cerveza o conquistar a la pareja propicia. Se escucha la música que le gusta a la dueña. El bar ha tenido su fuerte en el ajedrez:

“Por aquí han pasado los mejores tableros de Valencia, gente del Marítimo. Ahora no tanto, pero hemos tenido al típico aficionado que se ponía delante del tablero, junto a una goldam, esperando ver entrar por la puerta a un posible contrincante. De hecho, tenemos un club y este año jugamos en la competición autonómica”.

Francisca habla junto a una reproducción de un azulejo valenciano del siglo XVI; junto a un hogar apagado. En las estanterías de las botellas se lee un cartel: “cerveza sin gluten”. A la entrada del local, frente a la barra de añeja madera de palisandro, hay una serie de fotos en blanco y negro; llama la atención  una foto retocada de Hitler con Mussolini, a este último le han puesto la cara de Aznar. Es un collage que  sigue siendo bastante apropiado pese a su antigüedad.  Carteles de músicos de blues, pinchados en un corcho; y ambiente cinéfilo, una foto del gran John Casavettes, filmando una de sus películas independientes. Aquí se reunía el consejo de redacción de la revista de poesía Le Forest d´Arana. Sí, este ha sido siempre un bar ilustrado.

“Esto es como la proyección del saber de la gente. Vienen a reconocerse; hay que ver la versatilidad de los clientes; el que no sabe de cine, sabe de música. Yo no he hecho publicidad nunca; que me conozca sólo la gente que yo quiero que venga. En realidad mi intención es hacer cosas con la gente que me guste”.

Y así, en Gestalguinos, se hacen exposiciones de alumnos de Bellas Artes y jam sessions de músicos de jazz. Toni Belenguer y Ramón Cardo tocan de fijo con cualquier virtuoso que se presente. Antonio Sambeat suele ir a hacer fotos. Al anochecer, el ambiente del bar tiene todo el aspecto de un localito de Amsterdam o Berlín para intelectuales. Pocos yuppies, nada de hipsters en decadencia.

No todos han sido fieles a sus orígenes contraculturales como la fabulosa bargirl Francisca Brull, la dueña de Gestalguinos. Un bar mítico que, además, y esto como surrealista detalle, se ha convertido en gimnasio de los bichos Pokémon. Se ve que aquí cargan pilas con las sinergias de los años sesenta que vibran en las paredes.

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