BLASCO IBAÑEZ: ENTRE EL CÉSAR Y EL LABRANTÍN

JOSE MANUEL RAMBLA: Juan Gil-Albert destacó en alguna ocasión que los valencianos tenemos un especial apego por la terreta, pero cuando nos atrevemos a saltar a otros horizontes lo hacemos con vocación de universalidad. El escritor alcoyano consideraba que el ejemplo más ilustre de ello lo representaba Luis Vives, aunque ejemplificaba con la gesta de los Borja el gran dilema que afronta el valenciano a la hora de elegir entre quedarse en el terruño o aventurarse a otro espacios: “o César, o labrantín”. La conclusión final que extraía de estas reflexiones es que por cada César que se atreve a salir en busca de la universalidad, había una “ristra de huertanos” que optaban por el inmovilismo, aunque para muchos ese huerto fuera en realidad el cómodo provincianismo de la capital. Aunque Gil-Albert no le incluyera como ejemplo, si hay una figura que encarna esa aspiración cesarista de algunos valencianos cuando traspasan la frontera, es sin duda la de Vicente Blasco Ibáñez. Escritor de best-sellers, corresponsal en la Gran Guerra, masón, aventurero, colonizador en Argentina, viajero por los cuatro continentes, seductor, conquistador de Hollywood. Sus libros se distribuyeron por todo el mundo y en su afán por novelar acabó transformando en novela su propia vida plagada de intrigas y peripecias. Allá donde iba le precedía su fama. Y también la polémica que le acompañó toda su existencia y que se prolongó después de su muerte. Porque Blasco fue siempre un personaje incómodo con su anticlericalismo feroz que acabó a golpes en más de una procesión del Corpus. Su beligerante republicanismo, su ambigua pasión por las capas populares de cuya preparación para liderar la revolución siempre desconfió, sus recelos hacia los anarquistas a los que veía como competidores del proyecto lerruxista. O mejor, del proyecto blasquista, porque en el fondo su narcisismo sería otra de las sombras que siempre le acompañó. Valencia idolatró al polémico periodista, al diputado radical, al impulsor de la editorial Prometeo. La ciudad se postró a sus pies en muchas ocasiones: Miles de personas se agolparon amenudo frente al diario El Pueblo para oír sus encendidos discursos o abarrotaron las calles durante los homenajes que se organizaron en 1921. Los mismos millares que siguieron respetuosos su féretro cuando fue desembarcado del acorazado Jaime I en 1933. Pero tampoco faltaron quienes le

miraran con resentimiento: desde quienes abominaban de su cosmopolitismo progresista, hasta los que veían con suspicacias su alejamiento de la lengua llevado por su afán de éxito, o quienes le reprochaban su distanciamiento de las organizaciones obreras. Y la polémica parece seguir su estela más de 150 años después de su fallecimiento. El motivo es el futuro de su legado, amenazado por el litigio que enfrenta a la fundación Centro de Estudios Blasco Ibáñez con el ayuntamiento de Valencia. La fundación se queja del poco interés que las instituciones valencianas estarían demostrando por la figura del polifacético escritor. El ayuntamiento rechaza la acusación e insiste en que la mitad de sus fondos son ya de su propiedad y no está va a renunciar a ellos. Finalizado el plazo de vigencia del convenio suscrito entre las partes, el destino de miles de documentos y fotografías del novelista parece depender de una decisión judicial. El desencuentro podría terminar con el traslado, total o parcial, de ese rico patrimonio fuera Valencia. Para evitarlo el ayuntamiento dice estar dispuestos al diálogo y les Corts se han pronunciado por unanimidad en favor de su conservación en Valencia. Pero el impasse legal hace difícil saber qué va a pasar. Por lo pronto el alcalde Joan Ribó y el presidente de la fundación Ignacio Soler escenificaron un primer acercamiento esta semana durante la presentación de la revista de la Casa Museo Blasco Ibáñez Prometeo. Ojala se imponga el sentido común y no pierda el legado de este valenciano “universal”, donde se conserva buena parte de nuestra reciente historia. Todos acabaríamos perdiendo si, entre unos y otros, se acabara imponiendo la mentalidad provinciana de ese obcecado labrantín que llevamos dentro.

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