BOLIVIA EN EL FIN DEL MUNDO

ABELARDO MUÑOZ: Estás sentado en el cómodo sillón de casa y de pronto un ping del whatsapp te sobresalta. Alguien te reenvía un video, un golpecito sobre el cristal y aparece una escena apocalíptica, de película de terror: una mujer aimara pide auxilio desde los altiplanos de Bolivia, al otro lado del mar, en el fin del mundo. El ejército y la policía están cargando contra los campesinos. La señora grita a la cámara que los están masacrando en directo; al fondo, en lo que parece un terreno rural, hay un infernal incendio y se escuchan disparos y explosiones mientras la mujer pide urgente solidaridad internacional. Es el golpe de estado contra el gobernante indígena Evo Morales, un héroe mundial en la recuperación de la identidad nacional del país andino pero convertido ahora en un proscrito por sus tenaces enemigos, la clase media y alta blanca. Como Lula en Brasil. Su segundo, García Linera, ha denunciado desde el exilio a The Guardian que el ejército, que apoyó a Morales durante años, ha tenido que ser sobornado para actuar así. Y mientras el ejército boliviano masacra a la población quechua y aimara, el sesenta y tres por ciento de los bolivianos, los europeos miran hacia otro lado. En América se vuelve a matar indios, como en los rancios westerns, y eso no parece preocupar mucho en el anciano continente.
Ni siquiera la izquierda ha tenido tiempo de protestar por ese atropello en el corazón de Sudamérica. Lejos queda el recuerdo del poema de Nicolás Guillén, que cantó Paco Ibáñez en el Olympia de Paris en olor de multitudes. Era una canción compuesta tras la ejecución a sangre fría del Che Guevara en 1968. Esa balada, que todos cantábamos por estos lares con devoción, clandestinos a la fuerza por la dictadura, decía así:
“Soldadito de Bolivia, soldadito boliviano, armado vas de tu rifle que es un rifle americano,(…) te lo dio el señor Barrientos soldadito boliviano, regalo de Mr Johnson para matar a tu hermano, para matar a tu hermano soldadito de Bolivia, para matar a tu hermano”.  Esa canción, que también cantó Sabina, resuena ahora en nuestros oídos con eco siniestro. Y por entonces nos desgañitábamos cantando esa balada del poeta cubano que era como un himno contra la injusticia y la muerte. Ahora, ni cantamos. El lento genocidio contra las poblaciones precolombinas, de Brasil a Bolivia, parece que queda lejos. En el fin del mundo.

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