CRÍTICA DE A GHOST STORY, DE DAVID LOWERY: EL TIEMPO DESPUÉS DE NOSOTROS

(4) PEDRO URIS: No conocía, hasta la fecha, ninguna película del norteamericano David Lowery, un joven cineasta —todavía no ha cumplido los cuarenta— especialmente precoz en todos los sentidos, pues no sólo las referencias apuntan que con apenas siete años de edad realizó un corto, Poltergeist (My first ghost story), que, según parece, constituye la génesis del film que ahora se estrena, sino que, si efectuamos un breve repaso a su actividad cinematográfica, lo encontraremos tocando los más diversos palos de la industria, desde la realización hasta la interpretación, pasando por la fotografía, el guión, el montaje e incluso el departamento de sonido. No obstante, las referencias en esta publicación resultaban bastante desalentadoras pues tanto la independiente En un lugar sin ley / Ain’t them bodies saints (2013), que estuvo seleccionada en Sundance y en Cannes, como la comercial realizada para la marca Disney Pete y el dragón / Pete- ’s dragon (2016), merecieron bajas calificaciones por parte de nuestro crítico. A ghost story llegaba, en cambio, con las buenas referencias cosechadas a su paso por los festivales de Deauville y Sitges, en los que se llevó unos cuantos galardones, y su visión ha colmado, sobradamente, las expectativas que estás últimas despertaban. El primer mérito de esta película es un fruto que está al alcance de muy pocas obras, ser algo que no habías visto antes. Algo completamente diferente que ya sospechamos desde los primeros fotogramas cuando comprobamos, con cierto asombro, que el formato elegido no sólo es un 4:3 absolutamente en desuso sino que, además, los bordes del mismo están redondeados como si se quisiera evocar las viejas fotografías de unos álbumes todavía más antiguos. Las «sospechas» de encontrarnos ante algo nuevo y distinto se confirman con ese primer punto de giro —situado en su correcta posición temporal y es que, por muy rompedora que sea una película, hay cosas que no cambian— en el que el protagonista se levanta de la camilla mortuoria y se transforma en un fantasma a la vieja usanza, una sábana con dos aberturas negras que se corresponden con los ojos. Una representación que procede de las mortajas que precedieron a los ataúdes y que hoy la asociamos con lo chistoso o con lo infantil, pero que en la película adquiere una dimensión mágica y es capaz de abrirnos infinitas ventanas sobre un territorio desconocido que nunca llegaremos a conocer, el después que a todos nos aguarda: la soledad eterna tras la muerte y el tiempo que continuará sin nosotros. Aquí, la película roza la excelencia, cuando camina por los inalcanzables laberintos del dolor humano —especialmente audaz y conseguida la escena en que la protagonista se come una tarta entera que después acabará vomitando— y por los todavía más insondables senderos de la existencia y el tiempo. Un recorrido en clave poética —entendida como ensoñación intelectual que se sitúa unos centímetros por encima de la realidad— que nos deja imágenes memorables de nuestro fantasma vagando por un espacio / tiempo disuelto (las espectaculares elipsis en una y otra dirección) y circular (las emotivas escenas finales), y atesora entre sus escasos diálogos un largo —y de nuevo arriesgado— parlamento, una estupenda interpretación a cargo del cantante Will Oldham, que medita sobre ese sentimiento tan arraigado en la especie humana de dejar nuestra huella sobre la tierra —incluso en el propio universo—, que se halla en la base misma de la creación artística: esa quimera de perdurar para siempre en un espacio y un tiempo del que desconocemos por completo las claves. Una película admirable que estoy seguro dejará huella profunda en algunos espectadores. Yo entre ellos.

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