CRÍTICA DE BLADE RUNNER 2049, de Denis Villeneuve: Alejada de la mítica antecesora

(3) PAU VERGARA: Cuando me enteré que Ridley Scott había decidido dar el paso para hacer la segunda parte de Blade Runner, me alegré y al mismo tiempo me dije: “vaya responsabilidad”. Fue exactamente lo que pensé cuando me encargaron hacer la crítica para Turia. Blade Runner es una película mítica para mí. Una de esas que vale la pena revisitar y que puedes diseccionarla como las capas de una cebolla. El clásico de Ridley Scott le sacaba todo el jugo al cuento corto de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, pero en este caso la película era muy superior al texto literario. Se ponían sobre la mesa temas como la libertad, la revolución, los valores, la vida, la muerte, el amor y el sentimiento. Nuestro compañero Javier de Lucas escribió un pequeño libro titulado Blade Runner: el derecho guardián de la diferencia donde analiza el Derecho como guardián del tiempo (de la memoria) y de la diferencia (de la identidad). La simbología del clásico nos llevaba a ese final, donde Roy Baty, un líder replicante Nexus 6 quiere vivir, pero su vida útil se termina: “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos- C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo…como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”. Con la música de Vangelis de fondo es, sin duda, uno de los finales más famosos y emotivos de la historia del cine. Con estos precedentes llegamos a Blade


Runner 2049, una buena película de ciencia ficción pero que, en ningún caso, tiene comparación con su antecesora. El excelente director canadiense Denis Villeneuve, que dio buenas muestras de su precisión y sensibilidad narrativa con Incendies, Sicario o La llegada, sigue lo surcos temáticos trazados por Ridley Scott, que figura como productor ejecutivo y que ha coescrito la historia junto a los guionistas Michael Green (Alien: Covenant, Logan) y Hampton Fancher (The Minus Man, A espaldas de la ley). Han pasado 30 años desde los acontecimientos ocurridos en Blade Runner (1982). El agente K (Ryan Gosling), un blade runner caza Replicantes del Departamento de Policía de Los Ángeles, descubre un secreto que ha estado enterrado durante mucho tiempo y que tiene el potencial de llevar a la sociedad al caos. Su investigación le conducirá a la búsqueda del legendario Rick Deckard (Harrison Ford), un antiguo blade runner en paradero desconocido, que lleva desaparecido 30 años. Villeneuve plantea una historia visualmente potente, con bastantes momentos magistrales, llenos de contraluces, sombras y niebla que coinciden con la búsqueda de la identidad de K. Ese paseo por la niebla de la identidad y la memoria (gracias a la maestría del director de fotografía Roger Deakins) es el punto fuerte de la película. Denis

Villeneuve ha sabido componer un nuevo universo. Una sociedad al borde del colapso que vive de antiguos recuerdos y donde los androides están a punto de sustituir a los humanos como especie dominante. Lo único que no pueden hacer es engendrar y es ahí donde se centra buena parte de la trama. Partiendo de los mismos mimbres del universo original, el director ha conseguido realizar una película entretenida, pero muy alejada de las reflexiones filosóficas y existenciales de su antecesora. Como decía, Villeneuve ha sabido aportar una nueva dimensión visual. Pero Blade Runner 2049 adolece de algo que es fundamental: la emoción. Y no porque Villeneuve sea un tipo frío (recordemos la emotiva secuencia final de La llegada), simplemente no ha sabido transmitirnos el sufrimiento de K en la búsqueda de su pasado. La identificación del espectador con el personaje de Deckard, incluso con los anhelos de vida del replicante que daba vida Rutger Hauer, eran fundamentales para encauzar el cruce de emociones y sentimientos que nos atravesaban en la primera parte. Esos seres en busca de su creador, del Dios que les podía alargar la vida. La música de Vangelis hacía el resto. Por eso, la ausencia de temas melódicos

claros (quizá para distanciarse del original) creo que juegan a la contra de Blade Runner 2049. El otro aspecto que lastra la película es la ausencia de un antagonista claro. Ya se sabe que cuanto más fuerte es el oponente, más interesante es el personaje principal. En este caso ese papel debería haberlo jugado la androide Luv (Sylvia Hoeks), pero lo cierto es que ese personaje a penas se ha desarrollado. Queda claro, a estas alturas de crítica que Blade Runner 2049 no está a la altura de su predecesora. No es una película mítica y, sin embargo, está llena de destacados valores visuales y es una estimable película de ciencia ficción. Roger Deakins explota al máximo el contraluz (recordemos la oscura secuencia final del James Bond Skyfall de Sam Mendes), una forma de transmitirnos el valor de las sombras donde se oculta esa verdad que va buscando y que desgraciadamente no cumple sus expectativas. Muere “como lágrimas en la nieve”, quizá la forma más humana de morir de un androide avanzado. En el tintero, se quedan preguntas ya clásicas: ¿es Deckard un androide? (recordemos el sueño del unicornio de la primera parte que fue interpretado como un implante de memoria), ¿se diseñó a K para ocultar a la hija o de verdad, se configuró para reunir a la familia? Esas preguntas quedan abiertas a propósito. Me gustaría hacer una mención, a la actriz Ana de Armas, especialmente bella en la secuencia de la terraza con la lluvia cayendo sobre su transparente piel de luz artificial. Por resumir, Blade Runner 2049 dista mucho de su antecesora, pero consigue elaborar su propio relato visual en una entretenida y original puesta en escena. Por primera vez, no voy a cerrar esta crítica. Voy dejar una puerta abierta para un segundo y tercer visionado y volver sobre ella en profundidad en otro artículo. Dudar también es humano, ¿no?

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