CRÍTICA DE “EL CAPITÁN”: RADIOGRAFÍA EN BLANCO Y NEGRO

PAU VERGARA: Al cine y a la literatura siempre le han gustado las historias de suplantadores. Desde un Héroe muy discreto, de Jacques Audiard pasando por Bernardo Bertolucci en La estrategia de la araña o en la novela de Martínez de Pisón, El día de mañana, convertida en miniserie por Mariano Barroso, los farsantes han tenido cierta fascinación para los creadores como una forma de radiografiar una época. Ese parece ser el planteamiento del excelente director alemán, Robert Schwentke que convierte a El Capitán en un brutal retrato de la sociedad alemana en las postrimerías del Tercer Reich.

La película cuenta la historia de Willi Herold, un soldado pobre y hambriento que suplanta a un capitán nazi, hasta llegar a convertirse en un criminal de guerra. Podríamos pensar que es ciencia ficción, pero la película se basa en el caso real del soldado Herold, que fue ejecutado tras el fin de la Segunda Guerra Mundial por formar parte de un grupo de nazis que asesinaron a decenas de disidentes y desertores alemanes. El film está estructurado en dos partes. En la primera nos presenta a este soldado “robagallinas” que sobrevive a duras penas al frío invierno alemán y, en la segunda, nos muestra a Willi transformado en el rol de capitán nazi, dispuesto a todo con tal de asentarse entre la propia oficialidad. Schwenke traza un relato frío (como el paisaje alemán) y pone en marcha un engranaje mental que nos hace viajar desde la empatía a darnos golpes en el riñón cuando empieza a masacrar a sus compatriotas. Lo más curioso, es que sus métodos son aceptados por las Fuerzas de Asalto y demás personal del campo, como una forma natural de impartir justicia y restaurar el orden y la disciplina perdida al final de la guerra.

El realismo y la dureza del principio da paso a momentos dantescos, casi oníricos, donde se muestra la decadencia moral (si es que alguna vez la tuvo) del soldado y sus cómplices. Por el camino han matado a granjeros, a un alcalde y a más de doscientos presos de conciencia. Willi Herold fue el único soldado raso juzgado y ejecutado por crímenes de guerra. Pero lo más curioso fue su absolución por parte del tribunal militar nazi que lo juzgó, viendo en él “cualidades” personales que podrían servir al régimen para un futuro en la clandestinidad.

Hay que poner en valor la excelente fotografía de Florian Ballhaus y la rotunda interpretación de Max Hubacher. En los créditos del final nos muestra a Herold y los suyos en la actualidad identificando a ciudadanos alemanes, un claro guiño para recordarnos que nadie está a salvo de aquella sociedad que permitió que un “robagallinas” se convirtiera en criminal de guerra.

 

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