CRÍTICA DE EL REHÉN, de Brad Anderson.

PEDRO URIS: Un interesante thriller de espías, con evidentes ecos del maestro del género, John Le Carré, que sitúa su acción en la década entre la llegada de la OLP al Líbano, tras ser obligada a abandonar Jordania, y la invasión, en 1982, del sur del país por el ejército israelí con la intención, precisamente, de expulsar de esa zona los campamentos instalados por la organización palestina. Sobre este significativo escenario, la película crea una historia que sirva como detonante (imaginario) de estos sucesos y la utiliza con destreza para dibujarnos las múltiples aristas del conflicto. Ése es su primer acierto. El segundo llega de la mano de los personajes y los conflictos elegidos, un escenario narrativo que puede que no resulte demasiado original —responde a las exigencias clásicas de este apartado del thriller, el de los espías a la sombra de todas las guerras frías que en el mundo han sido, con unos tipos arruinados moralmente que se aferran a vínculos de amor o amistad para poder redimirse—, pero que está desarrollado con igual pericia, con un sólido guión —Tony Gilroy, director de la interesante Michael Clayton y guionista de la saga Bourne—, una puesta en escena de aliento clásico que evita piruetas innecesarias, y una buena pareja protagonista, con un Jon Hamm —conocido fundamentalmente por la serie Mad Men— muy ajustado a su papel y una eficaz Rosamund Pike sacando todo el partido a su ambiguo y gélido físico. El desenlace puede que resulte un poco demasiado «peliculero» y en el reparto de protagonistas y antagonistas, imprescindible para construir cualquier historia, los palestinos en general y la OLP en particular no salen demasiado bien parados (aunque «bien parado», realmente, no sale nadie), temas que pueden molestar más o menos al espectador en función de sus prioridades cinéfilas o políticas, pero eso no quita, al menos en mi opinión, que nos encontremos ante una interesante película, con una atractiva historia de personajes, una intriga con buenos giros y sorpresas, y una mirada bastante compleja y significativa sobre ese desdichado polvorín en que se ha convertido el Líbano en general y Beirut en particular.

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