CRÍTICA DE «LA CASA JUNTO AL MAR»

(4) VICENTE VERGARA: Si algo caracteriza al director marsellés Robert Guédiguian (Marius y Jeanette, Mari-Jo y sus dos amores…), hijo de un padre armenio y madre alemana, es la coherencia y honestidad de su trayectoria cinematográfica desde sus inicios a comienzos de los años ochenta. Su gran preocupación fue siempre plasmar los problemas y conflictos de las clases humildes (llegó a militar en el Partido Comunista francés, aunque lo dejó muy pronto). Gran conocedor de la zona portuaria de Marsella, varias de sus historias se han desarrollado allí. Seguramente la cumbre de su cine sea el film Las nieves del Klimanjaro (2011), elegida mejor película extranjera por el equipo cinematográfico de la Turia. Su cine ha evolucionado desde cierta tosquedad en la puesta en escena y un determinado esquematismo a la hora de plantear problemas como el paro, la precariedad laboral, las condiciones de trabajo adversas, la alienación de una parte importante de la clase trabajadora, a una mayor madurez narrativa y unas formas más difusas y ambiguas en la presentación de personajes y conflictos. La sociedad ha cambiado muchísimo, para bien y para mal, desde que el director comenzó a hacer cine, y Guédiguian también ha padecido transformaciones internas. Ahora su mirada es más escéptica, menos militante, como demostró en Las nieves del Klimanjaro. También han cambiado sus personajes favoritos, interpretados por actores con los que suele repetir film tras film: Ariane Ascaride (su pareja, imprescindible en sus películas), Jean-Pierre Darroussin, Gérard Meylan… Ellos dotan de credibilidad a sus relatos, hasta el punto de que en La casa junto al mar (La ville), para insertar un flash-back de los protagonistas treinta años atrás, recurre a una escena de su film Ki lo sa? (1985), que transcurre en el mismo paraje.

En efecto, Robert Guédiguian se ha planteado la historia a partir de una pregunta: ¿cómo ha cambiado dicho escenario con el paso del tiempo y qué ha sido de sus protagonistas? Con resonancias chejovianas, cuenta el encuentro de tres hermanos en la vivienda/restaurante del enclave junto al mar, cuando reciben la noticia de que su padre está muy grave. La hermana (Ariane Ascaride) es una reputada actriz, sobre todo de teatro, que no ha pisado la casa en veinte años, traumatizada por un accidente familiar; uno de los hermanos (Jean-Pierre Darroussin) vive ahora con una chica mucho más joven que él; el otro hermano es el único que no abandonó nunca Marsella ni la casa, más pegado a su padre y a la tierra que le vio nacer. Cada uno vive ensimismado con sus problemas: frustraciones, inseguridades, miedo al futuro, pérdida de la estabilidad emocional, el paso del tiempo y  la muerte, idea que preside el relato. En medio del bello paraje, dos elementos resultan perturbadores: el ruidoso tren que pasa por un acueducto y la presencia de vehículos militares que recorren la zona. El lugar está ahora bastante deshabitado y la especulación urbanística amenaza lo poco que queda. La irrupción de un acontecimiento inesperado, relacionado con el tema de la inmigración, da un giro a la historia. Los protagonistas salen de su ensimismamiento. Existe algo más allá, muy grave, al margen de sus preocupaciones cotidianas. No son el ombligo del mundo. Es como si ahora recobrasen nuevos estímulos para seguir viviendo y peleando.

La casa junto al mar es un bello relato, lleno de poesía, en el que unos pocos salmonetes recién pescados se sienten muy próximos.

 

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