CRÍTICA DE NUESTRA VIDA EN LA BORGOÑA, de Cédric Klapisch

(3) VICENTE: Por la mañana, cuando te despiertas y te asomas a la ventana desde la casa familiar, siempre ves el mismo paisaje: una amplia extensión de viñedos en cualquier estación del año. Esta imagen, que anuncia la monotonía de todos los días, es la que motivó, tiempo
atrás, a uno de los jóvenes protagonistas de Nuestra Vida en la Borgoña, a abandonar a sus padres y hermanos y el negocio familiar. Ha recorrido varios países hasta recalar en Australia. Ahora, diez años después, avisado de la grave enfermedad de su padre, con el que
mantenía unas relaciones tensas por su dureza de trato y autoritarismo, regresa al nido familiar. Su madre falleció cinco años atrás y no acudió a su despedida. Contada en primera persona, desde el punto de vista del hermano mayor (Pio Marmaï) que regresa como un hijo pródigo, el joven comprueba que prácticamente no ha cambiado nada en la hacienda familiar. Pero los problemas por los que atraviesa con su pareja y cierto apego al terruño, le invitan a permanecer una larga temporada allí. Paralela a la vida de los protagonistas, tres hermanos, asistimos a la evolución de la cosecha anual de unos vinos elaborados con métodos muy artesanales (recomiendo al respecto la lectura del artículo de nuestro compañero Andrea Gabrielli en la sección “Bon appétit” de este número). Cada nuevo proceso de elaboración de los vinos es una nueva aventura.Nunca sabes cuál será el resultado final.
El calor, el frío, las peligrosas lluvias a destiempo y el granizo, las plagas, los insecticidas desaconsejados, los vendimiadores que llegan cada año…, todo ello será una experiencia cambiante, como la vida misma. El protagonista padece una crisis personal: muy funcionales los flash-backs, en algunos casos bergmanianos, que ayudan a entender la historia. El hermano pequeño (François Civil) tiene que superar todas sus timideces y rebelarse contra su suegro, un hombre poderoso y acaparador. La chica (Ana Girardot), insegura, sin pareja, poco a poco va cogiendo con sabiduría las riendas del negocio. Ante determinados problemas económicos, la duda surge entre vender la vivienda o algunas tierras. Complicado. Rodada a lo largo de todo un año, para recoger la evolución de los viñedos, las cuatro estaciones y redondear la historia,
Cédrick Klapisch da un giro a su carrera cinematográfica, en la que siempre ha otorgado preferencia a personajes y conflictos muy urbanos. Como ejemplo, su trilogía Una casa de locos (2002), Las muñecas rusas (2005) y Nueva vida en Nueva York (2013), con Romain Duris de protagonista en las tres, a la manera que hizo François Truffaut con el personaje de Jean-Pierre Léaud/Antoino Duamel. El resultado es un bello relato familiar, que se ve con mucho agrado, y aproxima con sabiduría las pequeñas cosas de la vida en el bello marco de los viñedos de la Borgoña, sin caer en la facilona postal.

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