CRÍTICA DE SIERANEVADA, DE Cristi Puiu

(4) LAURA PÉREZ: Las reuniones familiares son siempre un foco muy interesante donde colocar la cámara y dejarla grabar. Se unen varios factores, sea cual sea el motivo de esa unión, aunque éste le dé ciertas connotaciones. Reúne a diferentes generaciones de una misma familia, unidos por vínculos sanguíneos irrenunciables, y algunos miembros postizos y no siempre deseados. Un grupo diverso de gente en torno
a una mesa para hablar frente a frente entre copiosas comilonas y unas copas de vino bien cargadas. Entre primos, abuela y cuñados, la guerra está servida. Esto mismo ocurre en Sieranevada, en una reunión familiar en una casa de Bucarest, con motivo del aniversario del
fallecimiento del patriarca de la familia. Estamos en Rumania, donde las tradiciones son muy respetadas y se mantienen prácticamente intactas, pero si esto fuera España, el guión bien podría estar firmado por Buñuel o Berlanga. Cristi Puiu nos encierra literalmente en esa viviernda, nos pasea con su cámara entre el salón, la cocina, el baño y todas las estancias donde las conversaciones tienen lugar. Somos espías y conocemos todo lo que sucede en cada habitación; el resto no. Narrada prácticamente en tiempo real –los 173 minutos del film-, sin cortes y con largos planos secuencia, Sieranevada es un testimonio coral vivo de toda una sociedad, representada en una mesa de comedor, en un espacio tan íntimo con el hogar. Abundan las conversaciones, discusiones, risas, situaciones incómodas y algún invitado inesperado. Es un tipo de evento familiar que no suele acabar bien pero que despierta curiosidad cuando la familia no es la nuestra. Política, sociedad, religión, el pasado comunista, el 11S y secretos inconfesables salen a la luz entre primer y segundo plato. En su sencillez narrativa reside la
grandeza de Sieranevada y en su apuesta formal la belleza que desprende esta película cuya tensión va in crescendo, considerada por muchos una obra de arte –la vimos en el festival de Cannes en 2016 y ganó el festival de Chicago-, mientras que otros no acaban de ver el interés de lo que el realizador rumano nos quiere transmitir. Pese a su larga duración y la sensación claustrofóbica que transmite, Sieranevada invita a ser vista y disfrutada, cual obra de teatro de la realidad, de una familia que no es la nuestra, pero podría ser la de cualquiera.

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