CRÍTICA DE STAR WARS: LOS ÚLTIMOS JEDI, DIGNO FINAL PARA UN MITO

(2) PAU VERGARA: Comenzaré esta crítica citando a Román Gubern. En su libro Máscaras de ficción el sabio profesor afirma “que quien relata cuentos a niños pequeños aprende pronto que su eficacia emocional radica en un delicado equilibrio entre la satisfacción de sus expectativas y el suministro de sorpresas, es decir, de proponer lo viejo algo remozado por lo nuevo. A eso es a lo que se refieren algunos psicoanalistas y mitólogos cuando hablan de protofantasías que cambian de aspecto, pero respetando su esencia mítica primigenia.” Y es en este terreno donde quiero situar la nueva película de Star Wars: Los últimos Jedi. Y también quiero hacer mención a lo complicado que es a veces abordar el análisis de una obra audiovisual que te ha acompañado durante más de treinta años y que forma parte de tu educación sentimental- cinematográfica. Como escribí cuando se inició esta misma saga: “Hay películas que han trascendido al propio hecho cinematográfico. Es el caso de Star Wars (La Guerra de la Galaxias), 1978, que revolucionó la forma de narrar, ver y consumir cine. Nuestras vidas se llena ron de muñecos, naves espaciales y toda una filosofía zen, que era la primera vez que se utilizaban en una aventura espacial. Años después George Lucas, el creador y productor de la saga decidió remozar las primeras

tres películas añadiéndoles más efectos digitales y hacer una nueva hornada que explicara el origen de muchos de los protagonistas. Para muchos, los Episodios I, II y III tuvieron algo de decepcionante. Ver al maestro yoda convertido en un personaje digital fue poco más que un trauma. Todo se convertía en ceros y unos, el numerique, que llaman los franceses. La tecnología enterraba la creatividad de lo físico. Por eso, el principal valor de Star Wars: El despertar de la fuerza ha sido trazar un puente generacional entre La Guerra de las Galaxias, El Imperio Contraataca y El retorno del Jedi con el público de 2015. J.J. Abrams ha cerrado tramas y ha presentado las bases para el futuro con la presentación de nuevos personajes como Rey (Daisy Ridley) o Finn (John Boyega). Ha imprimido un nuevo estilo más serio, sin estridencias, ni concesiones a la infantilización de personajes como sucedía en los Episodio, I, II y III. Abrams ha apostado por los escenarios naturales, los efectos físicos y las maquetas huyendo de la sobredosis de efectos digitales y va desvelando inteligentemente, como en un ritual sacro, los símbolos que han quedado enterrados después de años de olvido: la espada láser, una vieja nave llamada el Halcón Milenario y algo llamado “fuerza”. Aquella primera parte “no es perfecta y tiene distintos fallos. El primero es la poca originalidad con el ataque a la estrella de la muerte y a su fuente deenergía. Eso ya está demasiado visto. El segundo es una cierta rigidez de los personajes y sus acciones, como si Abrams estuviera constantemente midiendo sus pasos para no decepcionar a nadie. Le falta garra, punch y algo más de sentido del humor.” Luego llegó Rogue One: Una historia de Star Wars, un episodio más impersonal y neutro que El despertar de la Fuerza, donde se nota que J.J Abrams imprimía su sello personal y es cierto que se gastaba un dineral devolviendo a la gran pantalla a Marc Hamill, Harrison Ford y Carrie Fisher. Esa admiración por el clásico desaparece en Rogue One, “una película fría, mecánica y un tanto atropellada por la cantidad de planetas y escenarios donde transcurre la acción. Pero hay algo que echo en falta en esta nueva etapa y mucho más en Rogue One, que es el espíritu de aventura espacial (space opera, en su definición inglesa) que sí que estaba presentes en anteriores sagas. Esto hace que se pierda el sentido del humor y un cierto espíritu naif que siempre fue marca de la casa, en ocasiones demasiado infantilizada como en el Episodio I, pero que relativizaban la seriedad y trascendencia del relato”. Y llegamos a El último Jedi. Y aquí saco a pasear las palabras de Román Gubern cuando habla del delicado equilibrio entre la satisfacción de las expectativas y el suministro de sorpresas. Durante décadas muchos fans de la saga se preguntaban qué había pasado con ese joven actor llamado Mark

Hamill que protagonizó a Luke Skywalker. No era un personaje más, era el mito, el protagonista de esa protofantasía que de pronto desapareció del mapa. Sólo J.J Abrams consiguió reunir a Harrison Ford, Carrie Fisher y Mark Hamill, el elenco original. Luke Skywalker merecía un digno final, merecía cerrar su historia, el ciclo del héroe. El encuentro entre Hamill y Carrie Fisher, casi treinta años después, con el tema de la princesa compuesto por John Williams, me puso los pelos de punta. Y entiendo perfectamente, que a muchos espectadores no les diga nada, pero es un momento álgido para los que hemos crecido viendo esta saga. Ese “suministro de sorpresa” del que hablaba Gubern está muy presente en la sala. Los últimos Jedi, sigue con ese puente que está a punto de llegar a su fin, entre lo viejo, remozado por lo nuevo. Creo que ese puente nunca se terminará, mientras J.J Abrams siga como productor ejecutivo. No haré mención alguna a los aspectos técnicos, todos sobresalientes y que siguen los mismos criterios que sus antecesoras. Los últimos Jedi es una película viva. Recupera esos elementos de humor, sin caer en lo infantil que ya estaban presentes en aquella primera versión de 1979 (especialmente con los pájaros y monjas que cuidan el templo Jedi). Hay alguna sutil broma en el encuentro entre Luke y Leia haciendo hincapié en la cantidad de tiempo que ha transcurrido sin verse. No fui el único en la sala en percibir la ironía del diálogo. Como cosas negativas que se salen del tiesto es el paseo espacial a lo Mary Poppins de Leia. Para no extenderme más: Los últimos Jedi, forma parte de esa protofantasía que cambia de aspecto, pero respetando su esencia mítica primigenia y mantiene el equilibrio entre lo viejo y lo nuevo, abriendo paso a una nueva generación. Así que “May de force be with you”, lector de Turia.

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