CRÍTICA DE PAPA FRANCISCO – Encíclica audiovisual

PAPA FRANCISCO: UN HOMBRE DE PALABRA, de Wim Wenders

Encíclica audiovisual (3)

Por Ariadna González.

Cuenta Wim Wenders que el Vaticano le buscó para que dirigiera este documental sobre el Papa Francisco. Que él ya era admirador del sacerdote Jorge Mario Bergoglio y de San Francisco de Asís. Y se nota. Es difícil llegar a saber con total claridad lo que hay detrás de una producción, de un discurso, de un mensaje. Estamos prevenidos acerca de los dobles fondos, los dobles juegos, de los mecanismos inherentes a la fabricación ideológica. A parte del título, es evidente que el Papa Francisco es un hombre de palabras, que domina la síntesis, la claridad y la precisión. Y cuando un discurso brillante se une a una realización excelente, el documental resultante cumple perfectamente su función.

Será cuestión de matices llamarlo divulgación, proselitismo, propaganda o difusión, pero está claro que hay un listado de posturas y actitudes que el primer Papa del hemisferio sur quiere hacer llegar a un público lo más amplio posible. Un mensaje religioso que aúna política planetaria, filosofía y espiritualidad, que no está necesariamente dirigido a católicos, ni a cristianos, ni siquiera a creyentes. Es más, se diría que su triunfo radicaría en conseguir llegar hasta a los agnósticos, los ateos, los anticlericales o los que manifiestan de cualquier otra forma una merecidísima falta de confianza en la Iglesia y la religión.

A través de las imágenes de sus numerosos viajes, visitas y discursos, el documental dota de perfecta coherencia a las palabras del jesuita, cuyo discurso directo, con mirada a cámara, se va intercalando a lo largo del recorrido documental. Además, unas inserciones mudas en blanco y negro recrean al santo italiano del que ha escogido el nombre. Habla de ecología, de teología y ateísmo, de ciencia, de justicia social, de corrupción, de la globalización de la indiferencia, del alzheimer espiritual que sufre la Iglesia, de la acumulación de la riqueza, del encubrimiento de los crímenes pederastas, de la mujer, de la homosexualidad, de la inmigración, del arte, del sufrimiento, del amor, del sentido del humor. Y por todo lo que dice no sería de extrañar que, haciendo uso de coherencia, algunos le  llamaran el Papa-flauta. El Papa que ha renunciado a ciertos lujos antediluvianos de su rango eclesiástico y que afronta algunos temas de una forma y con una solvencia que hasta ahora parecía inimaginable.

Son gestos, son palabras. Pero no está de más preguntarse a dónde podrían llevar.

 

 

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