CRÍTICA DE WONDER WHEEL, DE WOODY ALLEN: PESIMISMO EXISTENCIAL

(4) VICENTE: Nunca me han gustado las ferias (tampoco los circos, si exceptuamos esos más modernos en miniatura). Ya desde pequeño me provocaban tristeza. Recuerdo la que se montaba todas las navidades en el Paseo de La Alameda, con la vertiginosa noria, el cutre tren de la bruja (de adolescentes nos liábamos a escobazos con el empleado disfrazado que aparecía en el túnel), la ola (un año, al bajar, me dio un mareo súbito y me hice una brecha en la cabeza), el látigo, el tiro al blanco, las ruidosas tómbolas, los coches de choque (único espacio más agradable por la música moderna y el intento de hacer el pavo con alguna chica), la “pesca” de tortugas de plástico… Son recuerdos de finales de los años cincuenta. Precisamente Woody Allen ha situado la historia de su última película en el parque de atracciones de Coney Island, en Nueva York, en el verano de 1950. Allí vamos a asistir al drama de una mujer (inmensa Kate Winslet, ausente de las nominaciones de los Globos de Oro) que se siente totalmente infeliz, pero que encuentra una luz en su vida al conocer a un joven vigilante de la playa, Mickey (Justin Timberlake, que hace de narrador dirigiéndose a la cámara), una persona inquieta, amante del teatro, que se prepara para ser “algo más” en la vida, al que le encantan los melodramas y los personajes heroicos, como el James Stewart de

Winchester 73 (1950), un magnífico western nada romántico de Anthony Mann. De eso va Wonder Wheel, de gente corriente que lucha por sobrevivir día a día, en el marco de un ambiente bastante deprimente, en una casucha como vivienda, donde se escucha continuamente los impactos de los rifles de perdigones del tiro al blanco. En la película se cita al autor teatral Eugéne O’Neill y no por casualidad. El dramaturgo newyorkino, fallecido en 1953, Premio Nobel de Literatura, introdujo el realismo dramático en el teatro norteamericano, que bebió en las fuentes de Strindberg o Ibsen. Los personajes de sus obras son gente corriente que luchan por sobrevivir, por mantener sus esperanzas y aspiraciones. Esto es lo que le sucede a Ginny, la protagonista de la película; una mujer a punto de cumplir los 40 años que pudo convertirse en una actriz de cierta relevancia. Ahora tiene bastante con “interpretar” su papel de camarera en un local especializado en la degustación de almejas, ocuparse de su hijo pequeño cuyas travesuras le llevan continuamente a provoca pequeños incendios, a soportar a un marido al que no quiere (James Belushi), cuya única “inquietud” es ir a pescar los fines de semana con sus amigos, y a una hijastra cuya repentina aparición será el detonante de toda una concatenación dramática, muy bien hilada por la hábil escritura de Allen. Además de O’Neill, mientras veía la película recordaba al personaje de Blanche (Vivien Leigh) del drama de Tennessee Williams Un tranvía llamado deseo, dirigido por Elia Kazan en 1951. Ginny también es una mujer muy inestable psíquicamente, que vive anclada en el pasado, incapaz de aceptar la nueva situación. Al finalizar la proyección recordé el film Encuentro en la noche (Clash by Night, 1952), de Fritz Lang, basada en la obra teatral de Clifford Odets, en el que Barbara Stanwyck (otra actriz fuera de serie) regresa a una pequeña población pesquera de Monterrey (California). Se casa con un amable vecino (también viven en un

claustrofóbico cuarto), un bonachón al que no quiere, hasta que conoce a un atractivo amigo de su marido (Robert Ryan). Un melodrama, con pinceladas de cine negro, cuya vitalidad, mirada al exterior viene dada por el pequeño, pero importante, personaje que encarna Marily Monroe, como sucede con la hijastra de la protagonista (Juno Temple) en Wonder Wheel. Al igual que en el film de Lang, Allen ha escrito un denso melodrama cuadrangular donde los conflictos se van generando progresivamente hasta que estallan. Me llama la atención el gran parecido físico de ese hombretón muy simple, pero con sentimientos que encarna James Belushi (hasta el “negocio” de los caballitos de feria está en crisis), con el rudo pescador que interpretaba Paul Douglas en Encuentro en la noche. Con esto no quiero decir que

Woody Allen haya copiado nada, sino que sus fuentes de inspiración son el teatro y las películas de los años cincuenta en Estados Unidos, un sabor que transmite muy bien la película. Impecablemente narrada (atención a esos sostenidos planos de Kate Winslet confesándose ante la cámara), es imprescindible destacar el gran trabajo de fotografía del maestro Vittorio Storaro. De colores muy vivos, hiperrealistas, sabe jugar perfectamente con la iluminación para conseguir todo tipo de matices dramáticos. Incluso pienso que en ocasiones cae en cierto virtuosismo. El director newyorkino, que acaba de cumplir 82 años, nos brinda otro de sus escasos dramas (recordemos el peliculón Delitos y faltas, 1989, en su parte trágica), sin la más mínima broma, para ofrecernos un relato pesimista en torno al deseo, la frustración, la trágica casualidad, el destino marcado, la imposibilidad de cambiar las cosas, la búsqueda de la felicidad. Mientras tanto, ya tiene en postproducción otra nueva película, A Rainy Day in New York, que llegara dentro de un año. Cuando nos deje Woody, nos quedaremos un poco huérfanos, como desamparados.

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