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CRÍTICA DEL CONCIERTO DE THE JAYHAWKS – LA RAMBLETA. DEL CERO AL INFINITO

CARLOS PÉREZ DE ZIRIZA: Cómo puede cambiar un concierto a base de oficio. Lo de los Jayhawks en La Rambleta no pudo empezar peor: con una “I’m Gonna Make You Love Me” desangelada, un Gary Louris cuya voz apenas reconocíamos y una sensación de extraña dejadez. El norteamericano decidió darle al reset, abandonar el escenario durante unos minutos y volver con ánimos renovados tras disculparse, en un arranque de profesionalidad que le honra y es muy de perro viejo. Algo iba mal. Era evidente. Al cabo de tres o cuatro canciones comentó lo mucho que le gusta Valencia y lo a gusto que habían comido esta tarde en la playa, y se me hizo imposible disociar ambas cosas: cuando los desajustes técnicos se citan con el piloto automático (o la falta de previsión), mal asunto. También cuenta el hecho de que ahora mismo los Jayhawks son Gary Louris y sus tres secuaces, sin otra guitarra de acompañamiento. Ya no suenan tanto a banda como a un solista (muy bien) acompañado. Eso les resta empaque. Y todo queda más a expensas de su propio estado de forma y cómo mantenga la voz él a sus 69 años, en un auditorio en el que cualquier costura es más visible que en una sala al uso.

El hombre se sobrepuso y sacó adelante con muchísima clase y entereza un bolo que fue claramente de menos a más, gracias también a un repertorio prendado de esas dianas melódicas que lo acreditan como el compositor más británico (o más beatle) de entre los reanimadores de la música de raíz norteamericana surgidos en los ochenta y noventa: “Angelyne”, “All The Right Reasons”, “Stumbling Through The Dark”, “Smile”, “I’d Run Away”, “Blue” o “Tailspin” son canciones extraordinariamente exquisitas, a las que tan solo resta respetar con reverencia porque difícilmente vas a poder abrillantar más, y el teclado de Karen Grotberg, el bajo de Marc Perlman y la batería de Tim O’Reagan acompasaron muy bien ese temario, que requiere una finura especial en una rendición vocal a la que Louris se encomendó.

Lo mejor, en cualquier caso, vino con el bis: ahí se notó, tras “Save It For a Rainy Day” (otra gema de su último gran disco, de 2003, que presentaron aquel mismo año en el Palau de la Música), el ingreso de un segundo guitarrista en una “Bad Time” (versión de Gran Funk Railroad que es como si fuera una canción suya; antes habían versionado explícitamente a Gram Parsons en “We’ll Sweep Out The Ashes In The Morning” e implícitamente a los Kinks en “Living In A Bubble”, de cosecha propia) que sonó a gloria, la mejor toma de todas las que yo les recuerdo, con flamígero solo de guitarra y una entrega absoluta. Cerraron con “Until You Came Along”, de los tiempos del proyecto paralelo Golden Smog, con la mujer de Louris, Stephanie Stevenson, acompañándole a la pandereta, dando el frontman muestras de ser un hombre tan enamorado como Pedro Sánchez, y dejando un estupendo sabor de boca en un auditorio que no se llenó pero registró una muy buena entrada.

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