CRÍTICA MÚSICA: Proyecto Blackstar.– Sala Russafa

CARLOS PÉREZ DE ZIRIZA: Hay que echarle arrestos (por no decir algo más contundente) para marcarse una reinterpretación en toda regla del Blackstar de David Bowie sin caer en el ridículo. Quizá sea una cuestión de que solo quien sabe bien lo que es la pérdida, y además lleva años escapando -como de la peste- de la autocomplaciente nostalgia (como el propio Bowie) está realmente capacitado para rendirle un homenaje tan magnético como afortunadamente distante de esa fatigante moda de las bandas tributo, más temible que las diez plagas de Egipto. El valenciano Remi Carreres (Glamour, Comité Cisne, Jean Montag, Coleccionistas) comparte ambas trazas con el músico al que idolatra desde hace décadas, y aparte de eso reconoce que su proyecto, nacido del fermento de un álbum al que considera uno de los cinco mejores de Bowie (sería interesante testar si esa opinión es compartida por el grueso de sus incondicionales, una vez pasado el duelo), y que por motivos obvios nunca su autor pudo llevar al escenario, no es más que “uno de los múltiples universos Blackstar.” Pero qué pedazo de universo, cabría decir. El homenaje que orquestó fue un fascinante juegos de espejos que, caso de haberse celebrado en Madrid o Barcelona, llevaría semanas reeditando crónicas en medios de diverso pelaje y poniendo en ebullición las redes sociales (no hay más que ver el eco mediático que recabó el tributo barcelonés de enero pasado en Razzmatazz, desde una óptica mucho más convencional). Pero aquí somos así, ya se sabe. Con el sostén procurado por el propio Remi Carreres al bajo, Epi Neuraska a las programaciones (y a los imponentes visuales) y Dani Cardona a la batería, puede decirse que dos músicos mayúsculos capitalizaron esta genuina aproximación del epitafio de Bowie a su propio terreno: la cavernosa voz de Samuel Reina (no por ello exenta de registros bien distintos) y el saxo de Pablo Pérez Soriano. Ninguno de los dos trató de emular punto por punto ni el instranferible timbre vocal del Duque Blanco ni el sesgo jazz del instrumento de Donny McCaslin, sino de mirar a las canciones de Blackstar de tú a tú, conscientes de que el respeto no pasa por la mímesis despersonalizada, sino por la somatización de sus preceptos desde un prisma propio. La ausencia de parlamentos, o de concesiones cara a la galería en forma de un bis tan gratuito que nadie necesitaba (tan solo “When I Met You”, surgida de las sesiones del mismo disco y ahora publicada en el EP No Plan, se intercaló en la sucesión cronológica del temario del álbum) recalcaron el solemne respeto con el que debía abordarse una obra de tal calado, sobre cuyo osado abordaje por parte de estos cinco músicos valencianos no hace falta extenderse mucho más: es mejor que vayan a verlo el 4 de marzo, cuando vuelvan a interpretarlo en la misma sala.

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