CRÍTICA TEATRO: CUZCO, de Víctor Sánchez

NEL DIAGO: El mal de altura, el mal de montaña, la puna. Esa descomposición orgánica, ese mareo, esa falta de adecuación del cuerpo entre la gravedad terráquea y la densidad del oxígeno. Cuzco, ciudad imperial, ciudad incaica, ciudad colonial, ciudad patrimonio de la humanidad, ciudad turística. Allí acuden Él y Ella, la pareja protagonista de esta historia, que tratan de vehicular a través del viaje al Nuevo Mundo la imposible recuperación de una relación afectiva que agoniza sin remedio. Ni el mate de coca ni el exotismo del lugar podrán evitar la inevitable caída al precipicio, la ruptura de la pareja, el desamor definitivo. Quizá porque, como diría Quevedo con respecto al viaje a América del buscón Don Pablos, no mejora su suerte quien cambia sólo el lugar y no de vida y costumbres. Por supuesto, los referentes que a uno le vienen a la mente contemplando esta historia pueden ser múltiples y muy variados, al fin y al cabo la crisis sentimental es un camino muy transitado. Pero lo que interesa en este caso no es tanto la originalidad de la trama o sus aspectos colaterales (pinceladas sobre la

colonización, sobre el pintoresquismo comercial de los indígenas del presente, sobre la uniformidad de la actitud turística), sino, sobre todo, el tratamiento escénico de esa historia. Hablo, por supuesto, de la excelencia de la dirección de actores, de la perfecta sincronización
de todos los elementos de la puesta en escena, del ritmo perfecto y bien llevado, de un trabajo actoral inmejorable (brillante en Bruno Tamarit, como de costumbre; descomunal, poderosísimo en Silvia Valero). Es fascinante la capacidad de Víctor Sánchez para dar vida en el escenario a las fábulas que inventa (Nosotros no nos mataremos con pistolas) y/o comparte con otros (especialmente con Lucía Carballal: A España no la va a conocer ni la madre que la parió, Los temporales), su habilidad para llevar al espectador a su terreno y hacerle creer en la autenticidad de lo narrado, por mucho que uno esté viendo sobre el escenario un espacio escénico vacío y deteriorado (magnífica la idea escenográfica de Mireia Vila Soriano). Y a ello contribuyen también, y mucho, la conducción musical de Luis Miguel Cobo, que juega con los sonidos andinos y los adecuados a los orígenes europeos de los personajes; unos personajes que Teresa Juan sabe vestir apropiadamente, y que Cristina Fernández pone en movimiento acertadamente. En fin, un producto estético extraordinario, que demuestra que el teatro público puede dar un resultado óptimo cuando se manejan los recursos con talento y buen criterio.

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