EDITORIAL: LA DERECHA DESENTIERRA LA ANTIESPAÑA

TURIA: El histerismo patológico se ha apoderado de una derecha de este país que tras consolidarse como bloque en Andalucía, aglutinando desde el pretendido centrismo a la extrema derecha, no duda en convertir la testosterona y la visceralidad más irracional en la llave política que le abra las puertas de un poder que consideran patrimonial. La manifestación convocada el pasado domingo en Madrid, más allá de la moderada participación, y el histrionismo demagógico de Pablo Casado calificando de alta traición y felonía la propuesta de buscar una salida negociada el conflicto político e institucional de Catalunya es la última concreción de una tendencia que vienen explotando desde la moción de censura y que todo indica que se incrementará de cara al juicio del procés y al intenso ciclo electoral que se avecina. Acusando al gobierno de Pedro Sánchez de ilegítimo y apostando por la movilización callejera ante delitos tan graves como los denunciados -que si se los cree debería trasladar a los tribunales-, la derecha apuesta por una venezuelizacióndel debate político nacional de consecuencias impredecibles. Por lo pronto su escoramiento ultra es tan evidente que con ese discurso ya se sienten cómodos no solo Santiago Abascal, sino hasta grupúsculos abiertamente fascistas como España 2000, Hogar Social o Falange. Paradójicamente quienes han puesto el grito en el cielo por el proyecto de exhumación de Francisco Franco, no dudan ahora en ser ellos mismo los que desentierran uno de los mitos que más explotó el franquismo para justificar su golpe de estado y 40 años de dictadura: la antiEspaña. Porque con ese discurso Casado, Rivera y Abascal están excluyendo a millones de ciudadanos que no comparten su visión de este país; para ellos, no son más que antiespañoles cuyas ideas no merecen el más mínimo respeto a los que hay que combatir con mano dura. Sin la más mínima propuesta de integración que permita la convivencia, su única alternativa a los problemas de este país se limita a repetir el mantra de un artículo 155 que cada vez se parece más a una visión autoritaria y aberrante que plantea como única solución de los problemas del país extirpar de cuajo a la antiEspaña de su seno. Basar las legítimas aspiraciones de poder en esta premisa, jaleada por los medios conservadores, es sin duda muy peligroso. Por eso resulta especialmente irresponsable que, llevados por tacticismos electorales o por las ansias de dar un golpe de timón que corrija los resultados del último congreso del PSOE, algunos barones territoriales o viejas glorias (o momias) como Felipe González, Alfonso Guerra o José Luis Corcuera estén legitimando estos discursos. Y no menos preocupante son las dificultades del propio gobierno de Sánchez por mantener un discurso coherente, no solo por sus graves fallos de comunicación, sino por sus continuos virajes según soplen las encuestas o según grite la derecha ultramontana. Frente al huracán carpetovetónico, la única alternativa posible es articular un proyecto de país basado en la democracia, la justicia social y la integración. Ante este reto, el menor titubeo será imperdonable.

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