EDITORIAL: LA NUEVA CAZA DE BRUJAS

La Turia dice que…

Cuentan que el cardenal Richelieu aseguró en una ocasión que si le entregaban unas pocas líneas escritas por el hombre más honrado del mundo él encontraría motivos para ahorcarle. Hoy la máxima atribuida al poderoso clérigo francés adquiere una nueva dimensión en estos tiempos movidos a golpe de twiter, anonimatos en las redes y linchamientos colectivos. El caso de Woody Allen es paradigmático. Su ahijada Dylan, en pleno proceso de separación con Mia Farrow, aseguró que el realizador neoyorkino abusó de ella con 7 años. La historia presenta incoherencias; uno de sus hermanos ha rechazado las acusaciones y descrito la forma en que la actriz manipulaba a sus hijos, y ningún especialista dio crédito a la confesión de unos hechos que los tribunales consideraron inexistentes. Tampoco se ha dado ninguna otra denuncia en todos estos años que pudiera incrementar las sospechas sobre el cineasta. Eso no impidió que, veinticinco años más tarde,  Dylan se sentara en un plató de televisión para repetir la misma historia, sin aportar ninguna nueva prueba. Pero bastó con que las periodistas allí reunidas emitieran un simple “te creemos”, para que arreciara una campaña de acoso contra Allen. A falta de pruebas, sus acusadores se han dedicado a repasar su filmografía. Y si en Manhattan se presenta la relación entre una jovencita y un adulto, el crimen para ellos ya está confirmado. Resultado: las productoras han anulado sus contratos con el cineasta y numerosos actores rechazan trabajar con él. Posiblemente su carrera artística ha terminado. Más cerca de nosotros, esta semana Lluís Pasqual presentaba su dimisión como director del Teatro Lliure. El detonante: un comentario de una ex actriz de la compañía donde afirmaba que hace cuatro años la trató de forma despótica y humillante durante un ensayo. Un grupo de Facebook autoproclamado feminista hacía acto de fe de la palabra de la actriz y cargaba contra el dramaturgo.

Combatir la pederastia o visibilizar los abusos sexuales contra las mujeres son causas irrenunciables. Sean actrices de Hollywood o temporeras marroquíes en los campos de Huelva, que sufren una violencia que no desata tanta tormenta mediática. Hay que denunciar los hechos punibles y que los responsables sean juzgados, hay que cambiar leyes y políticas, hay que mudar mentalidades. Sobran razones para ello. Y por eso sobran, sobre todo, los irracionalismos puritanos y la caza de brujas de quienes, alentados por la espectacularización mediática, consideran una victoria que Kevin Spacey sea vetado, que Woody Allen no haga películas, que Lluís Pasqual salga del Lliure o que se repudie Lolita de Novokov. Al igual que otros están encantados de que Asia Argento, una de las primeras en denunciar haber sido violada por Harvey Weinstein, haya sido despedida de televisión por su supuesta relación con un menor. Es una deriva muy peligrosa. Porque siempre habrá un Richelieu dispuesto a leer entre nuestras líneas.

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