EL GRAN WYOMING: EL HALCÓN MALTES

EL GRAN WYOMING: Siempre me he sentido un privilegiado por haber vivido lo que para mí, sin duda, ha sido el mejor período de la humanidad. Está claro que me chupé parte de la dictadura, porque cuando Franco murió yo tenía veinte años, pero crecí en un mundo emergente arrastrado por una corriente emocional, reivindicativa, cultural, de progreso en todos los órdenes, donde primaba la euforia, que te hacía sentir la vida con una intensidad metaorgásmica. Todo era real, visceral, nada virtual. Con frecuencia se confunde este relato que siempre hago con una descripción perfecta de la nostalgia, con el tópico: “cualquiera tiempo pasado fue mejor”, que tan bien describió Jorge Manrique, relatando la trampa en la uno cae al recordar, pues idealiza los hechos desde la visión del presente por el dolor de aquello que se perdió, empezando por la fuerza y la belleza asociadas a la juventud. No, no es así, tiene razón el poeta, cualquier tiempo pasado no fue mejor. El de mi padre fue mucho peor que el mío, y el de mi abuelo, una puta mierda. Sin embargo, puedo prometer y prometo, como dijo aquel presidente que vio entrar por la puerta grande a Tejero, que hubo tiempos mejores. Y en uno de ellos me crie. Tan productiva me fue la experiencia vital, que me hice merecedor del premio que otorga la Cartelera Turia: un Halcón Maltés. Todo el texto anterior era necesario para llegar a este punto. La peña de mi generación sabía lo que era el Halcón Maltés sin necesidad de ser cinéfilo. Una pequeña estatua que perseguían una turba de facinerosos por todo el mundo. Resulta que veíamos esas cosas, los cines las programaban y a falta de la infinidad de ofertas de ocio de las que hoy disponemos, de toda la libertad para encontrar en las redes aquello que nos salga del teclado, acudíamos a ver los ciclos, por ejemplo, de cine negro que programaban algunas salas porque nos los recomendaban guías de las que nos fiábamos y cuyos consejos eran de obligado cumplimiento. De alguna manera, la inmersión en el océano de todo lo posible te confunde, te incapacita para tomar una decisión, y se te escapa lo imprescindible camuflado en el tumulto. Como ir a comer por primera vez a un restaurante exótico donde no entiendes nada de lo que pone en la carta. No te queda más remedio que decirle al camarero; “Tráiganos lo que usted vea”. Y así, sabíamos quién era Humphrey Bogart: el prota de El halcón maltés ; John Huston: el director; Sam Spade: el personaje; y Dashiel Hamet: El autor de la novela en la que se basa la película. Porque una cosa te llevaba a la otra. En contextos como ese nació la Turia a finales de los sesenta. Se adelantó en diez años a otra que luego fue mítica en Madrid: “La guía del ocio”, que contó entre sus fundadores con Florentino Pérez, dueño y señor del Trono de Hierro y de todas las Españas habidas y por haber, así como las concebidas no nacidas. Héteme aquí celebrando, “en compañía de otros”, como dictan las sentencias, nada menos que el 55 aniversario de la Turia. Un milagro. Un lujo. Un apotema, que no viene al caso pero suena de puta madre y cumple la función del “dominante secundario” en la música ya que resuelve en la palabra que se busca: Paradigma. Fui, como decía, merecedor del Halcón Maltés, el premio que otorga La Turia a quien le da la gana. En la entrega de la estatua se encontraba, entre otras celebridades, el Molt Honorable Francisco Camps. Tengo que aprovechar este momento para sintetizar en una frase lo que para mí ha supuesto esta guía: Un mosaico de recuerdos que engrandecen mi memoria. Camps y yo. Florentino y la Turia: Vidas paralelas.

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