EL ÚLTIMO DE LOS GRANDES – CRÍTICA DE LUCKY

El último de los grandes

Lucky, de John Carroll Lynch

Por Laura Pérez

Rodeado de un paisaje árido y marchito -que parece precisamente representarle-, el viejo Lucky vive su rutina diaria a sus ya 90 años de edad. Desprende cierta ternura por esa fragilidad notoria en su cuerpo, pero este hombre ateo e independiente (esto último, a la fuerza), perfeccionista con el lenguaje y filósofo de barra de bar, parece desafiar a la muerte cada mañana: ha venido a este mundo para quedarse por mucho tiempo. Lucky desafía también a las normas, recuerda los tiempos pasados y no parece darse cuenta de algo tan obvio como que se hace viejo. Acostumbra a reunirse con amigos mucho más jóvenes que él, precisamente porque parece ser el último que queda de los suyos. Sus reflexiones habituales son toda una lección de vida y también una provocación para vivir de espaldas a la muerte.

Lucky es afortunado -o eso piensa el resto-, pero su figura en esta película nos hace reflexionar acerca del paso del tiempo y de la realidad que vivimos, esa  que según el propio Lucky es distinta según los ojos de quien la mira. Este cascarrabias pero entrañable anciano que interpreta Harry Dean Stanton nos recuerda inevitablemente al icónico texano de París, Texas (Win Wenders, 1984), en este magnífico homenaje, lamentablemente póstumo, a este personalísimo actor que no llegó a ver el estreno del film que se presume sin embargo tan biográfico. El actor John Carroll Lynch se estrena en la dirección de largometrajes y triunfa allá donde va. Aquí pudimos verlo compitiendo en el festival de Gijón, donde su protagonista se alzó con el premio, así como en los Satellite Awards, donde además ganó a la mejor opera prima.

Esta tragicomedia sureña que firman los guionistas Logan Sparks y Drago Sumonja, avanza a paso lento y contemplativo pero con firmeza, entre ritmos de música country y románticas baladas mariachis, que precisamente acentúan el carácter tan diferente de dos culturas que están muy cerca. Una delgada línea, tan fina como la que separa la vida y la muerte, a la que se acerca el hombre a paso lento. Similar a esa tortuga milenaria (propiedad de David Lynch) que se escapó de su jaula, similar a lo que hace Lucky cada día en sus paseos por la vida.

 

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