EN SALVAJE COMPAÑÍA – LA FOTO

 

SUSANA FORTES: Hace algunos años me sumergí hasta el tuétano en los huesos de esa mujer. Había algo en ella que lo explicaba todo. Daba esperanza. Daba miedo Tenía el pelo corto, los ojos grandes, los huesos gráciles.  Era real. Durante muchos meses me dedique a seguirle el rastro. Necesitaba saberlo todo de ella: la talla de sus zapatos, su manera de depilarse las cejas, de leer los periódicos, de ponerse el abrigo antes de salir de casa… Logré entrar en el núcleo original de sus miedos infantiles, aprendí a oír el rumor de sus pensamientos, entré a saco en sus emociones más íntimas sin el menor miramiento. Sé a quién odió, sé a quién amó. Sé qué pensaba del mundo, de los hombres, de la vida. La perseguí, la psicoanalicé, la interrogué, la acosé a preguntas acerca de cuándo, de cómo, de por qué. Pasé con ella horas, meses, intentando comprender. Y comprendí. Llegué a conocerla mejor que a ninguna otra mujer en el mundo, mejor que a mí misma.

Al fin y al cabo, ella tenía una identidad propia, una historia, mientras yo seguía -todavía sigo- buscando la mía: nuevos libros, viajes, otros  proyectos, demasiados estímulos. Pasó el tiempo. Y, en algún momento,  supongo que sencillamente la olvidé.

Cuando el mes pasado vi de sopetón su foto en los periódicos se me cayó al suelo la taza del desayuno. Era ella. De eso no tenía la menor duda. Reconocería su mandíbula, con una pequeña cicatriz, entre un millón. En la imagen se ve a un doctor zurdo, con cierto aire a Gary Cooper, limpiándole la sangre seca de la nariz. La subió a tweeter Johnn Kiszely, como homenaje a su padre médico que sirvió en España con Las Brigadas Internacionales. Al momento empezó a recibir miles de mensajes en español alertando sobre la posibilidad de que la mujer atendida por su padre fuera la fotoperiodista Gerda Taro. De ahí la foto pasó a las páginas de The Guardian y  al resto de los periódicos del mundo.

Me preguntaron con que probabilidad consideraba que podía tratarse de Gerda Taro. Al 99,9%, dije. Me equivoqué por una décima. Los investigadores no lo tenían claro porque había una anotación que no encajaba con la fecha exacta de su muerte y la localización en Torrelodones se alejaba unos 30 Kms. del hospital de El Escorial, donde  murió. Pero daba igual: una rosa, es una rosa, es una rosa… Cuando los datos cuestionan una certeza íntima. Hay que indagar en los datos.

Y en efecto, el delantal del Dr. Kiszely no es  propio de un quirófano sino más bien de una morgue. Gerda Taro ya estaba muerta en la foto. La localización más exacta es el depósito de la finca del Tomillar a donde probablemente llevaron cadáver para prepararlo para el velatorio en la Alianza de Escritores Antifascistas.

Recordé la dedicatoria de Robert Capa: “A Gerda Taro que pasó un año en el frente de España, y se quedó”. Pensé en la Historia y en las novelas y en el viento extraño que las empuja.

 

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