FAM DE FEM – EL CASO RECIO

CURRITA ALBORNOZ: Si algo me gusta en esta vida es tocarme la flor. Lo admito soy perezosa por vocación. Esta inclinación me viene de lejos y en buena medida se la debo a Ramón, mi abuelo. Mi infancia veraniega la recuerdo asociada a la imagen de mi abuelo los domingos en el huerto, en camiseta de tirantes, bebiendo vino con gaseosa de un porrón y mentalizándose para el lunes laboral cantando a Luis Aguilé con aquello de “es una lata el trabajar”. Aquellas estrofas calaron en mi subconsciente con una fuerza tremenda. Años más tarde hasta intenté dar un carácter teórico a mis inclinaciones a la vagancia leyendo al yerno de Marx, Paul Lafargue, y su Elogio de la pereza.

El problema está en que hasta que no llegue esa sociedad ideal que nos propone Lafargue, eso de librarse de la “lata de trabajar” resulta una meta muy trabajosa. A no ser que pertenezcas a la Casa Real o tengas unos ahorrillos en las Islas Caimán, claro. O tengas algún amigo como Fernando Giner, por ejemplo. Pero aún en este última caso, la meta no deja de ser laboriosa. Y si no que se lo pregunten a Carlos Recio. Este personajillo logró pasarse diez años sin pegar golpe, pero cobrando religiosamente todos los meses de la Diputación de Valencia. Eso sí, no todo era Jauja: todos los días, a las 7,30 horas de la mañana, tenía que ir a fichar su entrada en el departamento de Archivos y volverse a su casa. Y no solo eso. Luego tenía que volver a las 15 horas para fichar la salida. En fin, todo un sacrificio por unos míseros 50.000 euros anuales.

Pero para llegar a eso tuvo que currárselo. Primero tuvo que hacerse blavero y facha en las filas del GAV. Eso sí, en plan intelectual, dedicándose a escribir una biografía del ínclito Vicente González Lizondo. El caso es que debió cogerle el gustillo al mundillo cultural y se propuso hacerse un nombre en universo del pop-art estercolero escribiendo guiones de cómic sobre una fallera con superpoderes y naranjas explosivas. Esto le permitió alcanzar el cargo de jefe de publicaciones de la diputación de Giner y hasta ser recibido en audiencia por el rey Juan Carlos I. Pero eso no era su meta. El aspiraba a no dar ni golpe y para ello necesitaba dar el golpe. Y lo dio: en julio de 2005, los periódicos daban la noticia de que una casa de Recio funcionaba como burdel gay. Hasta la Geperudeta recuperó la verticalidad de su espalda ante tamaño escándalo.

Pero para lo que para otros sería el fin de su carrera, pero el espabilado de Recio vio en este tropiezo la posibilidad de cumplir sus sueños… de la mano del PP. Para contentar a la beatería, Fernando Giner le destituyó ipso facto. Pero en lugar de enviarlo con viento fresco al desván de los amigos incómodos, optó por crearle la plaza de archivero fantasma. Y así durante diez años, hasta que a las hordas marxistas-separatistas que ocuparon la diputación les dio por preguntarse por qué un funcionario de archivos tenía la extraña costumbre de cobrar sin trabajar. Recio fue despedido, la fiscalía está analizando su caso y su jefa superior está desde entonces tratando de explicar por qué su cuello dio más vueltas que el de la niña del exorcista mirando hacia otro lado todos estos años.

En su lugar, cualquier otro se hubiera visto sumido en el desánimo. Pero Carlos Recio no es de los que desfallezcan fácilmente. Para ello recurrió a Françoise Lafontaine que tramitó los permisos para realizar una muestra de arte en la sala de exposiciones de la Junta Municipal de Ciutat Vella. La sorpresa saltó poco antes de la inauguración al comprobar que todos los materiales eran sobre Recio: desde bustos a fotos suyas con el papa o Felipe VI. Su exhibicionismo queda claro desde el mismo título, ocultado hasta entonces: Carles Recio: Amor a València. Los trabajos de un hombre que nunca trabajó. Y es que el misterioso Lafontaine no era otro más que el incansable vago de Recio.

El ayuntamiento suspendió inmediatamente la muestra, pero la polémica ya estaba servida. Recio volvió a disfrutar de su minuto de gloria en todos los medios y hasta Andreu Buenafuente le dedicó parte de su monólogo. Supongo que Carlos Recio esperará ahora el PP le pague el servicio de colarle un gol a Joan Ribó. Al fin y al cabo él solo aspirar a no hacer nada. Vamos, lo mismito que Rajoy.

 

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