HASTA QUE MIS AMIGOS NO MUERAN

PERDIDOS EN LA GRAN CIUDAD

Por Abelardo Muñoz

“Hasta que mis amigos no mueran no hablaré de la muerte”, este enigmático aforismo de Nietzsche me causó cierto impacto al leerle de joven y, ahora que lo pienso, no he escrito mucho de la Muerte. Hasta ahora, cuando mis amigos han empezado a morir. “Se están muriendo los de mi generación anterior”, me dijo un taciturno contertulio. No hay que preocuparse, contesté, queda tiempo, piensa en la teoría de la relatividad. No es cuestión de edad, unos son veteranos y otros jóvenes, pero su desaparición repentina produce la desolación; como una estela que se aleja y cuya memoria conviene conservar para seguir vivos. Ellos son parte de nosotros. Que los amigos posean la luz de las estrellas, que refulgen más allá de la muerte.

Ciudadanos del mundo son los que por desgracia se han muerto. Ahora, viajeros de las estrellas, como personajes de Jack London o El inmortal de Borges. El último de todos,  Pepe Rodrigo, un pensador y gran organizador, un especialista en logística cultural, cuyo historial merecería un libro. Las necrológicas son también un género literario. Tienen la fuerza y la crudeza de los sentimientos verdaderos, volcados en el papel. No es el panegírico, es más bien el epitafio, un poema que perviva en tiempo. El imposible abstract de una vida. El de Pepe Rodrigo tendría que estar relacionado con un árbol, la haya, pues el flemático caballero decía que era como esa mata, con, de raíces profundas. Hombres fieles a sí mismos. Pepe Rodrigo, que fue responsable político y cultural de muchas cosas en tiempos duros, y en uno de los picos de su aventura vital, viajó con el sociólogo Ernest García a Moscú para entrevistarse con Ibarruri y Carrillo. Pepe formó parte de la organización de un evento histórico e irrepetible en la ciudad: La Trobada dels Pobles en el Estadi del Levante UD, allá por septiembre de 1976. Aquello fue  transversalidad real; entusiasmo desbocado y colectivo. Los relatos sobre la  igualdad, la radicalidad política y la defensa de la libertad cultural frente a la ortodoxia izquierdista se fraguaron entonces. Era un ambiente en que todo era posible.

El espíritu de otro tiempo también desaparece con los que se van sin avisar. También ha muerto Miguel Ángel Campano, uno de los últimos pioneros supervivientes de la movida local de los años 1970. Campano forjó su leyenda en esta ciudad. Un óleo suyo, una mujer trágica sobre una barra, quizás su relectura de El ajenjo, fue icono en Capsa 13, local de tíos a lo Dylan, tías a lo Carole King, faldilargas, hippies y trans, hetero y gais. El escenario iniciático de una movida valenciana, antes de su colapso.

Impulsores de la contracultura y del activismo cultural y político, en su mayoría irremplazables. Hasta que mis amigos no mueran… Y murió este verano Pep Laguarda, el músico apartado del mundanal e innecesario ruido mediático. También murió un amigo de Pepe y que trabajó con él, Eduardo Montaner, de la vieja escuela marxista de los telquelianos; perteneciente a una secta ilustrada de los años setenta del siglo veinte, que organizaba lecturas secretas de poemas de Mao y Mallarmé, y escritos de Antonin Artaud; y escuchaba con deleite en fiestas privadas los últimos éxitos pop de la Coste Oeste. En esa secta militaban el poeta Eduardo Hervás y el cineasta Antonio Maenza. Y también Rafa Ferrando, pionero de una modernidad extinguida. De todos estos amigos de los que escribo, unos fueron aniquilados por la presión del entorno, Ícaros que se quemaron las alas; eran poetas, filósofos, creadores de utopías y no tenían sitio en un mundo práctico en el que los partidos tomaban el mando; otros sobrevivieron, y, con cierto aire de funambulistas, se acoplaron a las circunstancias. Estos infiltrados de la vanguardia en los frentes culturales de masas humanizaron y contrarrestaron la rigidez doctrinaria de las izquierdas políticas. Hubo unos años de esperanza, luego vino la contrarreforma light y el mensaje libertario palideció.

¿Y que es La Muerte? En sus Sueños, el inmortal Quevedo le hizo decir a la Parca: “La muerte no la conocéis y sois vosotros mismos vuestra muerte; tiene la cara de cada uno de vosotros y todos sois muertes de vosotros mismos. La calavera es el muerto y la cara es la muerte; y lo que llamáis morir es acabar de morir, y lo que llamáis nacer es empezar a morir, y lo que llamáis vivir es morir viviendo”.

 

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