ANA NOGUERA:LA REVOLUCIÓN SILENCIOSA. SILENCIO, POR FAVOR.

ANA NOGUERA: “El camino a todas las cosas grandes pasa por el silencio” Nietzsche Me estreno agradecida en la Cartelera Turia bajo el título de “La revolución silenciosa”. Soy una amante del silencio que ama las palabras, y paso más tiempo entre letras que durmiendo. Pero el silencio tiene propiedades curativas, sobre todo, socialmente. El silencio es balsámico en una sociedad que grita demasiado. Es educado cuando tanta gente parlotea sin nada inteligente que decir. Es respetuoso porque no ofende; o quizás ofensivo si se lo propone. Se insulta fácilmente; se vilipendia el lenguaje; se cotillea y se critica; y parece que todos sabemos de todo al hablar. En cambio, el silencio puede ser el mayor de los desprecios o la autoridad más firme. El silencio es el mayor de los respetos porque permite escuchar y observar al otro. Es la cadencia en la poesía, el suspiro en el canto, la espera emocionada en la música. El silencio reclama silencio. Es decir, un espacio y un tiempo para la reflexión. El silencio es revolucionario cuando es coherente, porque significa negación, inconformismo, rebeldía, crítica. Significa no asentir a lo impuesto. ¿Acaso no resulta desconcertante cuando alguien no responde? Si apreciamos las palabras, debemos defender su utilización precisa y correcta, sobre todo, para que, como dice el refrán, “ no se las lleve el viento ”, porque “parlotear” no es lo mismo que “conversar”. Las palabras pueden ser mentiras, fake news, que generan engaños intencionados. Y “ decir las cosas claritas a y a la cara ” no supone valentía, más bien, temeridad. Dime qué dices y te diré qué piensas, sobre todo, cómo lo dices; así, las palabras se utilizan para resaltar lo que nos separa. Somos construcciones lingüísticas, y nuestras palabras pertenecen a nuestro capital moral. Sin ellas, no podemos construir comunidades cívicas ni una ´”Ética del discurso”, como señala Habermas. La palabra es el triunfo del ágora, el lenguaje es la base de la democracia, donde hablante y oyente comparten y se ponen de acuerdo. Como dice Emilio Lledó, “ somos lo que hablamos ”.
Durante los meses previos a la fallida investidura, ha habido demasiadas palabras pero poco diálogo. Los líderes políticos han hablado mucho pero no se han entendido. El exceso verbal ha justificado la desconfianza y la enemistad. Lo mismo puede ocurrir en la campaña electoral, que, para defender cada uno su posición, arroje un exceso de palabras sobre el otro. ¿Cuántas veces nos hemos arrepentido de no haber callado a tiempo? Las elecciones son la base de nuestra democracia, de nuestra ciudadanía. No debemos dejar de ejercer nuestro voto. Con el voto hablamos, y lo hacemos en silencio, reflexionando nosotros mismos y respetando a los otros.

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