LEIA

ÁLVARO PONS: Yo tenía 10 años cuando se estrenó La guerra de las galaxias (nada de “Star Wars episodio IV”, eso vino mucho después). Recuerdo la larga cola en las taquillas del cine Serrano, con un sentimiento que iba a medias entre un entusiasmo desmedido por los avances que se habían visto hasta en el telediario -cortesía de Luis Gasca, responsable de su estreno en el Festival de cine de San Sebastián-, y el pavor a que la familia se quedara sin entradas en esa época donde no sabíamos de ventas anticipadas. Al final, entramos, con suerte, en la segunda fila de un cine inmenso, con esa pantalla inabarcable. Se apagó la luz y, tras las famosas letras amarillas que nadie leyó, mi vida cambió. O eso creía, porque desde esa posición de proximidad a la pantalla, la aparición del colosal destructor imperial, que poco a poco inundaba toda la pantalla, fue mi mayor experiencia cinematográfica hasta la fecha. Mía y de todo un cine que contemplaba boquiabierto una aventura nunca vista. Bueno, sí, allí había un poco de Flash Gordon, de Kurosawa e incluso de Riefenstahl, todo argamasado con toneladas de Joseph Campbell, pero daba igual. Era la mejor película de la historia. Punto. Todavía recuerdo cuando, en los Oscar, la película de Lucas arrasó en los técnicos, pero no se llevó ninguno de los principales. ¿Cómo podía un tipo llamado Woody Allen haberle arrebatado a LA película el oscar? Y, sobre todo, ¿quién era esa tal Diane Keaton que le había robado el galardón a su única merecedora, Leia Organa? Porque si la película nos dejó una huella indeleble en nuestras retinas, Leia se encargó de dejarla en nuestro corazoncito infantil. Era la gran heroína, la única, la suprema. Una rebelde que se alejaba de cualquier canon establecido. Frente a las heroínas hipersexualizadas que comenzaban a inspirar nuestros primeros sueños lúbricos, Leia mostraba una imagen recatada que no mostraba más carne que la de sus manos -bueno, si la imagen en bikini de la tercera es otra historia-, con ese peinado (fallero para unos,
ensaimadesco para otros, según el origen) que evitaba cualquier atisbo de sensualidad… Su atractivo no residía en el físico, sino en la fuerza que emanaba. Nos enamoramos instantáneamente de ella cuando se enfrentó desafiante al gigantesco Darth Vader, tres palmos más alto que ella y capaz de matar solo con el pensamiento, pero diez por debajo en valentía y dignidad. Luego, nos remató quitándole de un plumazo el protagonismo a los que hasta el momento eran los héroes, cantándoles las cuarenta por su desastroso plan de rescate y tomando la iniciativa. Leia era todo lo contrario a lo (poco) que habíamos visto en el cine. No era la princesa que esperaba a ser rescatada: era la primera princesa que rescataba a los supuestos héroes, era la gran comandante del ejército rebelde. Era Leia.

Still of Carrie Fisher in “Star Wars: Episode VI – Return of the Jedi” / ” La guerra de las galaxias. Episodio VI: El retorno del Jedi “1983

Mira que en aquella época todavía estábamos en aquello de “los niños con los niños y las niñas con las niñas” (con banda sonora de Fernando Esteso), y nuestra férrea educación franquista nos hacía casi imposible aceptar que una mujer pudiera estar por encima de un hombre… Pero Leia nos fascinó. Decíamos su nombre entre suspiros y colocábamos su cromo en nuestras carpetas (flanqueado por Han y Luke, eso sí, no fuera a ser que pensaran que nos gustaban más las heroínas que los héroes). Más tarde, el marketing haría que Leía cumpliera fielmente los dictados de la princesa encadenada, sometida y sexualizada, pero esa ya no era nuestra Leia. Nuestra Leia miraba con altanería a las heroínas del cine y del cómic adulto, de Barbarella a Modesty Blaise, para reclamar que se podía tener el centro del protagonismo sin quedarse en pelotas. Años más tarde, superamos el trauma galáctico y hasta nos reconciliamos con Woody Allen. Annie Hall se encaramó a nuestro Olimpo cinematográfico haciendo olvidar la estrella de la muerte, y hasta Diane Keaton ocupó su espacio como novia que nunca tendríamos. Pero nunca olvidamos a Leia y su mirada desafiante a Darth Vader. Simplemente, se convirtió en un icono de tanta fuerza que cuando se comenzó a erigir la estatua de Manolo Valdés en la novísima avenida de las Cortes Valenciana, no pudimos evitar mirarla con nostalgia pensando, “Leia…”.

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