LOS RAROS

ABELARDO MUÑOZ: Una mujer pasea  a medianoche a su perro flaco e indeciso bajo las farolas de la calle. Su aire errático hace pensar que es el perro quien la pasea realmente a ella. De pronto se agacha entre los coches y manipula algo en el suelo, y un poco más allá, vuelve a agacharse y saca algo de su bolso. Es extraño, pero pronto lo entiendo. Está rellenando cazos de plástico con comida para los gatos. Los gatos salvajes que patrullan la noche en la ciudad. Ella es uno de esos espíritus diferentes y raros que contrastan felizmente con las vidas ejemplares de los demás. Comento el caso a un amigo raro, Jonás, que pasea descalzo, también a medianoche, a su jauría de perros que parecen salidos de una tienda canina: desde un chiguagua, a un gran danés. Cuando no pasea a su jauría el raro Jonás se dedica a la venta ambulante de libros de literatura y filosofía. Le habló de la mujer bajo las farolas me aclara que pertenece a un gremio urbano casi secreto y desconocido: las gateras. Sostiene que en las mil esquinas y recovecos de la urbe, mujeres y hombres se ocupan de dar de comer a los gatos salvajes. Y cuenta de otro extraño amigo muy gatero, que se gasta la mitad de su magra pensión en comida para un par de centenares de felinos que habitan en El Saler. Algunas gateras ponen nombre a sus gatos y también los muestran en las redes sociales. Estas son las más sofisticadas. Abundan las ancianas matusalenas y solitarias por mor de nocturnas. Dicen los clásicos que la experiencia más amarga es ser pobre en la vejez. De esas experiencias está llena la existencia. Los viejos y viejas pobres se las apañan con todos los recursos que tienen a su alcance. Pero mientras unos derrochan la pensión otros la incrementan. Un abuelo que fue marino mercante, muerto de asco porque no llega a fin de mes, se ha habilitado un par de armarios en su salón para el cultivo del cannabis. Se saca un kilo cada tres meses y con eso va tirando. Otro raro es Darío que vive, como Sócrates, en una casa caótica, con centenares de libros de todos los tamaños que suben por las paredes como hiedra. Es un sabio de película, obsesivo compulsivo, pero el más lúcido de sus amigos. Y también está Tito, un sesentón, redondo como un globo de feria, con ojillos como canicas, que dedica sus días a visionar películas de su colosal colección de videos. Babea fuera del mundo frente a su pantalla tamaño sábana de matrimonio. Los raros abundan porque la sociedad es extraña. Algunos analistas cursis califican el actual paisanaje de ciudadanos de la década mutante. La visión de una vieja tirada sobre unos cartones es aterradora, es ínfima la distancia que la separa de nosotros. Pero ese abismo que miras te está mirando a ti.

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