PERDIDOS EN LA GRAN CIUDAD: ABIERTO HASTA EL AMANECER

ABELARDO MUÑOZ: Tres alemanas cuarentonas, salidas directamente de la playa con bikini y pareo, buscan entre sudores sus botellas favoritas de ginebra en el súper de barrio, que es tan estrecho y recoleto que las obliga a restregar sus pechugas entre los clientes. Uno de los empleados tiene que hacer filigranas para no aplastarse contra el escote inaudito de una teutona turista. La mirada de las mujeres posee un brillo gamberro; inmune al exceso, conscientes de estar en el país de la tolerancia turística. El de la terciarización , palabro que con que denuncian los vecinos del barrio de Carme el plan urbano de protección (PEP) que condena al distrito a ser un parque temático para turistas. Afligida ciudad donde se abre la veda para el turismo y se la da la espalda a las poblaciones autóctonas y comercios antiguos en vías irreversibles de extinción. España, país que inventó el botijo, el submarino y los mejores bares del planeta. Territorio de servicio. Uno se imagina a los social demócratas alemanes de Billy Brandt, en el siglo pasado, recomendando a los jóvenes emprendedores de la izquierda recién estrenada, renunciar a ser un país industrial e investigador para ofrendarse a Europa como segunda residencia. España cañí, país de camareros, chupitos, pinchos y juerga hasta el amanecer. Las visitantes de otro planeta huelen a perfumes baratos y a ginebra. Parecen tan excitadas ante la juerga que intuyen que no paran mientes en el qué dirán los indígenas. Otra secuencia de éxito turístico en la hermana y más cosmopolita Barcelona: un cardumen de turistas británicas, cruzando la Plaza Real, enarbolando botellas de Jim Beam y bebiendo a morro entre risotadas como una banda de bandoleros mejicanos. Alegrar la calle para el turismo tiene sus mártires. En la caótica plaza de la Reina hay un heroico tipo que se asa a mediodía haciendo de relleno humano de un gigantesco oso peluche que mueve las caderas para buscar la atención de los niños. Es una manera muy dura de ganarse los garbanzos y las hordas turísticas, lo miran divertidas.  Grupos de varones desfilan de madrugada berreando por la calle de Quart, buscando ese crisol de francachelas y vicios que es la plaza del Tossal. Encrucijada decisiva desde los tiempos de la guerra contra los franceses, en donde se juntan los sin techo y su trajín etílico con los turistas más refinados, en un bonito ejemplo de transversalidad posmoderna. En las cafeterías y franquicias, los jóvenes trasiegan unas patatas bravas cubiertas con una especie de engrudo del color de los girasoles de Van Gogh.  El reino del exceso y el todo vale inunda las concentraciones juveniles. El populismo cultural es una forma de rellenar el verano de eventos. En la plaza del Ayuntamiento un grupo pop anima la tarde de julio, centenares de jóvenes se concentran ante el escenario provisional en medio de la plaza. Todo parece ir bien hasta que el visitante accidental, que se ha metido en el ajo, percibe cierto hedor a vomitona. Mira al suelo y no ve nada. Contempla las rejillas de albañales que rodean la plaza y comprende. Ese olor ya es de la otra noche. De las decenas de potas que ha soltado la peña a lo largo de la orgia perpetua de la noche valenciana. Valencia apesta, dicen algunos arrugando la nariz. Pero esta ciudad es así. Forma parte de su ADN. Ya no es ese olor a garrofa que fa que cantaba Remigi Palmero; ahora ese olor es más underground . Fritanga de aceite recalentado, boñigas de huerta, detritus y orines. Y todo abierto hasta el amanecer. 

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