PRIMAVERA SOUND 2017: EXCLUSIVAS Y SUTILEZAS

CARLOS PÉREZ DE ZIRIZA: Se ha querido incidir en los comunicados de prensa del festival en la idea del relevo generacional sustanciado en esta edición. Algo de eso hay, porque algunos de los conciertos más destacados -y con más poder de convocatoria- han llevado la firma de músicos surgidos en este siglo (Solange, Arcade Fire, The xx, Angel Olsen). Tanto las suyas como otras actuaciones sobresalientes (The Magnetic Fields, Grace Jones o Arab Strap) han puesto la guinda a otro año de sold out anticipado, con más de 55.000 espectadores diarios (de jueves a sábado) y una presencia ya abrumadora de público extranjero (un 55%, que parecía mucho mayor en algunos momentos de la tarde noche), entre el cual -y ahí el relevo generacional sí se hacía más patente- destacaba una creciente presencia de asistentes más jóvenes, en torno a los 20 o 30 años, que ya han conocido esta cita como el gran parque temático del pop que es en los últimos tiempos, imbricado en la desbordante oferta turística de una ciudad que también parece, a su vez, otro enorme parque temático. La heterogeneidad del cartel, desgajada del indie rock anglosajón al que nació asociado, no es ni mucho menos nueva, pero sí ha lucido con mayor exuberancia que en otras ediciones, más marcadas por el peso de ilustres veteranos en la zona alta de su alineación. Sí han sido novedad los tres conciertos sorpresa, dos de ellos de bandas no anunciadas en el cartel: Arcade Fire, Mogwai y Haim, reforzando la idea de exclusividad de la cita. Como factor distintivo este año, el triunfo sin reservas de algunas propuestas sutiles, elegantes y nada proclives al estruendo. De la insinuación sobre la arenga. O de la personalidad sobre cualquier esquematismo. A continuación, nuestra primera parte de un resumen -obligadamente telegráfico.

-The Afghan Whigs: Ni las deficiencias de sonido (vientos inaudibles, batería sin punch) arredraron a Greg Dulli, uno de los frontmen más volcánicos con los que uno pueda toparse. Dado que no era noche de florituras (ni el interludio pianístico ni algunos rescates del ensortijado soul rock en clave grunge de su primera época brillaron, ni mucho menos, como en su visita a Apolo hace algo más de dos años), hizo bien en concluir por la vía más directa, la de 1965 (1998), con “John The Baptist” y “Somethin’ Hot”, epilogadas por la torrencial “Faded”. Aún únicos.

-Aphex Twin: Set altamente exigente y pétreo el que se marcó Richard D. James, más aún por tratarse de un festival. Su extenuante sesión de electrónica esquizofrénica y dislocada fue seguramente autoconsciente, ya que gozó del realce de unas proyecciones en las que se deformaban algunos rostros del público y de personajes como Carmen de Mairena, Pablo Iglesias o Chiquito de la Calzada. Un delirio capaz de noquear al más pintado.

-Arab Strap: Su vuelta es una de las mejores noticias de los últimos tiempos. Ya fuera acariciando la concreción pop o sumergiéndose en sus antiguas simas emocionales, los escoceses sonaron en todo momento con una intensidad apabullante.

-Arcade Fire: No news, good news. Lo mismo de (casi) siempre, pero qué forma tan incontestable de hacerlo. Nadie domina el stadium rock con la misma conjunción de opulencia y credibilidad que ellos. Tanto que se hizo extraña su aparición sorpresa del jueves en un pequeño escenario. En ella y en su concierto del sábado estrenaron sendos adelantos de su próximo álbum, que les muestran más en sintonía que nunca con la música disco.

-Belako: No deja de asombrar el desparpajo con el que los vizcaínos se han amoldado a las actuaciones ante muchos miles de personas, reforzando la autonomía de un temario que bebe del post punk sin delegar en el mero revival. Siguen creciendo a pasos agigantados.

-Bon Iver: Su forma de cortocircuitar el discurso folk con ritmos fragmentados y filtros de voz demandaba algo más que un guiño cómplice, más aún en la inmensidad de esa explanada bautizada popularmente como Mordor, por su lejanía y amplitud. Su gallardía, nada autocomplaciente, es de apludir, pero acabó por perfilar uno de esos bolos en los que uno entra o se queda fuera, muchas veces dependiendo de la enorme distancia que le separe del escenario. No fue fácil evitar caer en lo segundo.

-Broken Social Scene: No les lastró la contraprogramación de sus amigos y paisanos de Arcade Fire con su irrupción por sorpresa. Siguen siendo esa comuna canadiense afiliada a un indie rock euforizante y de alto voltaje emocional, aunque sin muchos argumentos nuevos
(habrá que estar atentos a su primer disco en siete años). La presencia de Emily Haines (Metric) y Amy Millan (Stars) siempre suma.

-Descendents: Perfecto estado de revista el que lució el punk rock anfetamínico de los californianos, rebasados – con creces- los cincuenta años pero tan capaces como siempre de golpear directo a la mandíbula, como mandan los cánones del género.

-El Petit de Cal Eril: Estimulante pase el de Joan Pons y compañía, con sus cálidos entramados de guitarra luciendo al sol de la media tarde.

-Front 242: Amagaron con matizar su inmisericorde despliegue EBM, pero fue un espejismo: la maquinalidad marcial de los belgas cobra sentido a las dos de la mañana, aunque bordee el anacronismo.

-Haim: Apenas escuchamos el primer tramo de su actuación sorpresa (anunciada por la tarde: el espacio ante el escenario Ray-Ban estaba tan repleto de gente que era casi impracticable), pero es obvio que las angelinas lo tienen todo para triunfar masivamente con su inminente nuevo álbum, del que avanzaron material.

-Japandroids: Se nos hizo monótono el habitual dispendio de energía del power duo de Vancouver. Ya fuera por lo tardío de la hora, por el cansancio físico o por la pérdida del factor sorpresa. O también porque sus canciones se han ido destensando en aras de un crecimiento que busca mayores audiencias. El caso es que han perdido frescura.

-Grace Jones: Impresionante su despliegue físico y su derroche de carisma, con 69 años. Aún parece venida de otro planeta. Prácticamente desnuda y con el cuerpo pintado a rayas blancas, transitó de la cadencia jamaicana, mecida por bajos graves, a su rol de disco queen con una irresistible “Pull Up To The Bumper”, prolongada hasta la locura, y una imponente “Slave To The Rythm”, agitando un hula hoop durante más de cinco minutos. Un icono que preserva su condición de bendita anomalía.

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