Cartelera Turia

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SE ACABÓ

ANNA ENGUIX: Se acaba el verano y, con él, las historias. O no. Me habría gustado cerrar esta sección relatando una redada policial en un divertido bar de Lavapiés, o haciendo una reflexión en torno al próximo concierto de Björk en Madrid (después de casi dieciséis años sin tocar en España). También podría haber hecho una lectura general de aquellas novelas que han sido fieles compañeras durante estos calurosos días, como Hamnet o Retrato de casada de Maggie O’Farrell, al igual que podría contaros que BoJack Horseman y Las chicas Gilmore han resultado ser el mejor de los remedios para la resaca o, simplemente, para experimentar el mayor de los disfrutes. Sin embargo, y principalmente por mi ferviente enfado, me veo con la obligación moral no sólo de hablar del famoso beso de Rubiales a Hermoso, sino de todo lo que ha ocurrido después; ya sabéis, del bochornoso espectáculo mediático que, desgraciadamente, algunas ya anticipábamos.

La vuelta a la tortilla de la situación, alarmante para algunos, con su culmen de esperpento cuando el presidente de la RFEF declaró en una rueda de prensa que “fue ella la que me cogió en sus brazos y consintió el pico”, tiene unos cuantos precedentes. Lo mismo ocurre con la reciente avalancha de tweets. Recordemos que, hace unos años, frente al #MeToo, un aluvión de #NotAllMen (no todos los hombres) eclipsaba los relatos de cientos de miles de mujeres. Lo vimos con el caso de Johnny Depp contra Amber Heard por supuesta difamación, resuelto, por cierto, de la siguiente manera: él es la actual imagen de Dior Homme y ella se encuentra prácticamente exiliada en España y ha sido repudiada por toda la comunidad cinematográfica a pesar de las innumerables pruebas que demostraban que él también había ejercido violencia física contra ella. El enfoque sigue siendo erróneo, ya que la tensión entre la popularidad de la corriente dominante del feminismo y su consecuente reacción violenta bajo el paraguas del victimismo masculino nos ha llevado a un sistema binario de acusaciones en el cual el panorama mediático sigue enmarcando los casos de agresión sexual en un «él dijo/ella dijo».

Animo a recordar que todo este debate no trata únicamente de un beso; poco importa el metraje grabado con algún smartphone que ha salido a la luz recientemente donde se corrobora la versión de Jennifer Hermoso, las fotos filtradas por la RFEF en las que supuestamente se “demuestra” que la versión relatada por el presidente era cierta y, por ende, se tacha a la futbolista de mentirosa; o, por si fuera poco, la viralización de unas fotografías de las jugadoras en bikini, entre ellas, la víctima, a raíz de las cuales decían cientos de tweets frases como: “tanto no le habrá afectado” si “tan bien se lo está pasando de vacaciones”. Es el debate público en el contexto de la posverdad y de la economía credibilista bajo el paraguas machista de dimensiones mastodónticas.

Me alegra, y mucho, que este #MeToo español bajo el hashtag de #SeAcabó este ampliando sus márgenes, permitiendo a todo tipo de mujeres denunciar públicamente a periodistas, jefes de redacción, ensayistas -entre ellos, algunos abiertamente abanderados del movimiento feminista- y derivados. No obstante, me pregunto, en primer lugar, por qué, cuando Jedet denunció hace unos meses que había sido agredida sexualmente en los Premios Feroz por un productor, no hubo una reacción unánime por parte de todos los actores a la hora de salir a defenderla, conociendo perfectamente los precedentes del susodicho productor. Algo así demuestra que, desgraciadamente, hay testimonios que siguen teniendo más valor que otros; me pregunto también por qué se está dando cobertura masiva a las declaraciones de los familiares, los aplausos de las hijas, de sus compañeros; me pregunto por la vista gorda, me pregunto por la complicidad de determinadas revistas deportivas nacionales, por el silencio de muchos, por los evidentes pocos futbolistas masculinos que han decidido sumarse al reclamo de justicia. Me pregunto por qué seguimos haciendo las cosas tan mal cuando podríamos hacerlas mucho mejor.

Recientemente, la madre de Rubiales anunciaba que haría huelga de hambre en la iglesia de la Divina Pastora de Motril “por la cacería inhumana y sangrienta que están haciendo con mi hijo con algo que no se merece”. Diré lo siguiente: siempre he tenido muy presente que la realidad supera a la ficción; que la serie de televisión Paquita Salas se queda corta, pero, sobre todo, estando yo en contra del sufrimiento ajeno, sólo espero que alguien le lleve unas campurrianas, un Actimel y, como diría Aramis Fuster, una coca-colita, “light, pequeña”, ya por caridad.

 

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