DEJAD DE QUERERME, de Jean Becker
|
|
|
Albert Dupontel y Marie-Josée Cruze en un una escena de DEJAD DE QUERERME |
Un checo del siglo XX
Casi todo lo dicho a propósito de Conversaciones con mi jardinero puede repetirse de nuevo. Con la sensación de mayor madurez, si cabe, con una sencillez modélica en el dibujo de los personajes y de las situaciones, prácticamente pegándose a la existencia del protagonista, sus broncas en la oficina, con su esposa, con sus amigos, y siguiéndole en esa extraña huida, especie de decidido abandono de un modelo de vida.
Unas pocas horas (Deux jours à tuer es el título original, idéntico al de la novela de François d’Epenoux que ha servido de punto de partida) bastan para exponer el rechazo del protagonista ante una determinada rutina social, económica y familiar, explícito en todas y cada una de las situaciones y decisiones. Además de ese excelente personaje, servido por un actor tan eficiente como Albert Dupontel (ya elegido por Michel Deville para su doctor Sachs), por el film desfilan un puñado de representativos tipos, familiares, amigos o conocidos (el padre, la vecina, la esposa, los colegas…) o incluso desconocidos, como el parado a quien recoge en autostop, que van cuestionando o desencadenando las reacciones del protagonista.
El resultado es un film ejemplar, capaz de sugerir y poner sobre la mesa una sustanciosa cantidad de problemas y discusiones, donde predomina una carga impresionante de humanidad, de ironía, de tristeza, captadas en su más cotidiana expresión. El film se cierra con una canción del ya fallecido Serge Reggiani, inolvidable actor que trabajó con el maestro Jacques Becker, padre de Jean, en la sensacional Casque d’or / París, bajos fondos, titulada «Le temps qui reste», transmitiendo al espectador la sensación de que no se pueden contar mejor esos sentimientos de los que nos habla el film.
LLORÉNS
EL CABALLERO OSCURO, de Christopher Nolan
Hacía mucho tiempo que no veía, más allá de los inevitables fragmentos de algún encuentro ocasional en las videopantallas de determinados trenes, una de las habituales superproducciones norteamericanas basadas en héroes o superhéroes del cómic. Y también hacía tiempo que no me ocupaba de redactar una crítica sobre uno de esos ejemplos. El buen reparto (incluye a Michael Caine, Gary Oldman y Morgan Freeman) y las aceptables referencias de algunas predecesoras o de la propia carrera de su director, Christopher Nolan, animaban a confiar en un producto imaginativo y ameno. Nada de eso. La vulgaridad campa a sus anchas en unas escenas de acción (automóviles, explosiones, tiroteos, etc.) que alcanzan el súmmum en las secuencias resueltas a base de mamporros. La crónica de la delincuencia mafiosa y de la corrupción policial en esa gran ciudad (?) que cuenta con la protección del justiciero enmascarado —un multimillonario cuyos negocios le permiten esas superincursiones— o el empeño del malvado Joker en inventar canalladas, no superan el esquematismo y el recurso al estereotipo más trillados. Pero aún es peor lo que sucede con las reflexiones sobre la heroicidad, el respeto a las leyes, las historias de amor, la implicación de alcalde, comisario, jueza o departamento de acciones especiales, los amables cómplices y colaboradores de Batman y cuantos personajes y anécdotas circulan por la pantalla, incapaces de poseer una entidad o unos intereses medianamente razonables o creíbles. Dotados para las hazañas más inverosímiles y sometidos a las indefensiones más pueriles, héroe y antihéroe se dedican a cumplir los designios de un guión sin pies ni cabeza, que se lleva la palma en personajes como el auditor y el contable chino y en secuencias como las de la explosión del hospital o las bombas en los ferrys. La abundancia de salvamentos en el último minuto y la estulticia de los diálogos redondean la absoluta inutilidad del producto.
LLORÉNS
ELEGY, de Isabel Coixet
|
|
|
Ben Kingsley y Penélope Cruz en una escena de ELEGY. |
Vejez, sexo y muerte
Aunque enfrentarse a la adaptación a la pantalla de una novela de un autor tan poderoso como Philip Roth, para muchos el mejor escritor vivo del momento, hace difícil resistirse a las comparaciones y relaciones entre ambas obras, la literaria y la cinematográfica, voy a tratar de seguir fiel a mi convicción de que hay que juzgar a las películas por lo que son, con independencia del material que les sirve de inspiración o de partida —aunque, dicho sea de paso, nunca he comprendido muy bien la necesidad de contar en la pantalla una historia que ya está en un libro, y que, por tanto, no hay más que leerlo para conocerla, pero esto es otra reflexión—, por más que en esta ocasión conozca y admire la prosa del novelista, no he leído «El animal moribundo», la novela que sirve de base a este film, pero sí otros títulos del autor con los que esta obra mantiene evidentes y lógicos vínculos.
Regresando, pues, a la película, lo primero es dejar de constancia de unas virtudes que no por esperadas resultan menos destacables, tales como la precisión del guión (el también realizador Nicholas Meyer), la íntima puesta en escena que nos regala la cineasta, o las estupendas interpretaciones de sus protagonistas (Ben Kingsley, Penélope Cruz, justa y suficientemente alabados, pero también una extraordinaria Patricia Clarkson, en el papel de la madura amante del profesor), cualidades que hacen que nos encontremos ante eso que coloquialmente conocemos como una buena película, ante un trabajo exquisito tanto en lo que se refiere a la atención prestada a los personajes o a la complejidad de los sentimientos y valores que éstos transmiten, como al impecable acabado del producto y su funcionalidad como relato de emociones que apunta directamente al corazón del espectador.
La película nos cuenta la historia de un maduro profesor que inicia relaciones con una de sus alumnas, treinta y tantos años más joven que él, un argumento igualmente propicio para la más chata vulgaridad y para las más complejas reflexiones acerca de la naturaleza humana y sus eternas circunstancias derivadas de la vejez, el sexo y la muerte. La diferencia, talento aparte (algo que la cineasta ha demostrado en más de una ocasión que le sobra), está en la sinceridad y en la renuncia a los convencionalismos, más o menos convenientes cara al espectador, asociados a una historia como ésta. Isabel Coixet elige, por supuesto, el primero de los caminos, pero muestra algunos titubeos en la última parte del film, unas dudas que van ganado presencia conforme se acercan los metros finales (todas las circunstancias derivadas de la enfermedad de la protagonista) y terminan frustrando un tanto las expectativas generadas en la larga primera parte de la película.
Una historia que, inicialmente, está planteada como un escéptico descenso a las deprimentes constantes morales de un intelectual, un profesor universitario de humanidades, que siempre ha contemplado las relaciones con el sexo opuesto como eso precisamente, como sexo nada más, y ha adoptado, en consecuencia, una posición de cazador que, con los años, se ha hecho cada vez más dificultosa, y que ahora, en el umbral de la vejez, convierte a su actual presa en poco menos que la última oportunidad. Un cinismo terriblemente humano, coherente con la trayectoria del personaje y con la descreída visión que la historia nos proporciona acerca de la naturaleza humana, que se trunca en el último tercio de la película, cuando el sentimiento amoroso nubla la vista del procaz profesor, y la historia abandona el curso salvaje que había mantenido hasta entonces y se domestica en un caudal parcialmente regulado por los esquemas adjudicados a la relación entre dos personas separadas por muchos años de edad. Así, hasta concluir en ese pequeño estanque de aguas calmas y de dudosa lectura que es el plano final.
PEDRO URIS
ENJABONADO, de Pernille Fischer Christensen
|
|
|
Trine Durholm y Christian Tafdrup en una escena de ENJABONADO. |
Vecindad
Debut en el largometraje de la cineasta danesa Pernille Fischer Christensen, En soap obtuvo el oso de plata del festival de Berlín de 2006 (ex aequo con Offside, del iraní Jafar Panahi) y el premio a la mejor primera película. Un doble y merecido reconocimiento, puesto que nos encontramos ante un relato muy bien planteado, especialmente en el dibujo de los personajes (fundamentalmente, las dos vecinas protagonistas, la recién separada y el travestido que espera convertirse en transexual), prácticamente un cuarteto que incluye, además de las dos citadas, al ex marido de la primera y a la madre del segundo. Unos personajes tan próximos como reconocibles, que atraviesan una serie de dudas y contradicciones, de aspiraciones y frustraciones —hay un intento de suicidio de por medio— ante los que responden con idéntica mezcla de aciertos y errores.
Pero también funciona su puesta en escena, tanto en la descripción de sus comportamientos, atenta a los reducidos espacios que representan sus respectivas y vecinas viviendas, con una realización y una cámara que tratan de aproximarse al máximo al estado de ánimo de los personajes, como en su atractiva estructura, dividida en una especie de capítulos prologada por unas reflexiones en off y en blanco y negro capaces de aportar mayor complejidad y distanciamiento a la sucesión de encuentros y desencuentros que experimentan los protagonistas. Todo ello enmarcado en una sabia combinación de drama y comedia, dispuesta a incorporar humor en cada momento, incluso en los más trágicos episodios. Como, por ejemplo, la participación de la simpática perrita en la secuencia de la intoxicación suicida.
Una inteligente utilización de los diálogos y unas eficaces interpretaciones redondean los alicientes de una película tan sincera como abierta a la comprensión de las razones y sinrazones de sus apasionantes personajes.
LLORÉNS
ESCONDIDOS EN BRUJAS, de Martin McDonagh
|
|
|
Colin Farrell en una escena de ESCONDIDOS EN BRUJAS. |
Asesinos ociosos
El debut cinematográfico del dramaturgo angloirlandés Martin McDonagh, conocido por sus piezas teatrales de gran brutalidad que muestran el aspecto más violento y grotesco de las realidad, es fiel a los temas recurrentes de su trabajo escenográfico (la culpa, la pérdida de la inocencia, la violencia innata del ser humano, la venganza, los códigos de honor, el perdón, etc.). Escondidos en Brujas es un entretenido y claroscuro thriller contemporáneo, combinado con abundante humor negro, que logra superar el maniqueísmo y los lugares comunes propios del género para adentrarse en el vasto y complejo universo de la ambigüedad moral.
Escondidos en Brujas es un sólido retrato psicológico de dos asesinos a sueldo que, tras acabar accidentalmente un trabajo en Londres, son enviados a la turística ciudad belga de Brujas para pasar desapercibidos durante una temporada. Así, el mayor de ellos aprovecha para visitar la ciudad y disfrutar de sus encantos y el más joven, en estado de shock por su mala conciencia, deambula sin rumbo fijo. Su situación de «descanso forzado» —que justifica la cantidad de tiempos muertos, hábilmente utilizados— les obliga a pensar, lo que les convierte en personajes vivos que cambian y evolucionan, alejándose del carácter icónico y simplista que suelen tener en la mayoría de las películas. Distanciándose de tanta violencia sin sentido, McDonagh crea en su film unos individuos confundidos por sus contradicciones morales, que reflexionan sobre sus actos y las funestas consecuencias que acarrean, sin prejuicios ni moralismos esquematizantes. En ese sentido, Escondidos en Brujas trata con precisión sobre la violencia, pero también sobre el desequilibrio emocional, el sentimiento de culpa y la ausencia de redención posible. Ese es el gran valor de este film, que lo acerca al cine de autor frente al más comercial, a pesar de la deriva tarantiniana que toma hacia el final de la historia, donde se desata la violencia de manera espectacular ante la atónita mirada de los viandantes de las calles de Brujas.
PAU VANACLOCHA
ESKALOFRÍO, de Isidro Ortiz
|
|
|
Junio Valverde en una escena de ESKALOFRÍO. |
Un cuento al revés
El director de la interesante Fausto 5.0, realizada con La Fura dels Baus, nos presenta ahora lo que el denomina «un cuento al revés», o sea, que nada es lo que parece en esta historia que parte del drama de un adolescente que padece una extraña enfermedad, fotosensibilidad. Ello le impide llevar una vida normal y le obliga a trasladarse, con su madre, a vivir en una casa solariega distante de un pueblecito situado en un sombrío valle. Con influencias de El proyecto de la bruja de Blair, lo mejor de Eskalofrio es el clima claustrofóbico que se crea en muchas ocasiones, sobre todo en las escenas del bosque, con la invisible presencia de un extraño ser similar a un mortífero vampiro. Se nota que el guión está elaborado en su intento de dar respuestas realistas a toda una serie de extraños acontecimientos, y es interesante la idea de que lo monstruoso puede encontrarse más cerca de nosotros de lo que pensamos, en este caso entre los aparentemente pacíficos habitantes del pueblecito, antes que en el interior de ese extraño muchacho, siempre con gafas de sol y que oculta su cabeza con una capucha. Pero en el tramo final el film cojea cuando por medio de apresurados flash backs y diálogos explicativos se intenta reconstruir todo lo acontecido, para que no quede ningún cabo suelto. Además, algunos personajes están desaprovechados, como el investigador de la Guardia Civil que interpreta Roberto Enríquez, que repite el papel de El alquimista impaciente. Por otra parte, el trabajo actoral está desequilibrado: junto al buen hacer del joven Junio Valverde, aunque recurre demasiado a los sostenidos jadeos, y la experiencia del gran Francesc Orella, Mar Sodupe está muy flojita en su papel de atormentada madre. En resumen, puede verse.
VICENTE
GARAGE, de Lenny Abrahamson
|
|
|
Anne Marie Duff y Pat Shortt en una escena de GARAGE. |
La soledad era eso
Nos llega el segundo largometraje de Lenny Abrahamson (Dublín, 1966), de quien desconocemos el que marcó su debut como director (Adam & Paul, 2004), un relato minimalista de reducido presupuesto, escasos escenarios, media docena de personajes y un par de ráfagas musicales que nos da una visión desolada y gris de la Irlanda que el tópico siempre nos ha mostrado verde y radiante y que la Unión Europea ha enriquecido últimamente con sus cuantiosas ayudas económicas. A Lenny Abrahamson, indisolublemente unido a su habitual guionista Mark O’Halloran, le interesa sin embargo contemplar a la gente corriente —en el trabajo, en el pub— como representante marginal de ese «pequeño mundo antiguo» rural de imposible evolución cuyo modelo sería Josie, encarnado de forma excelente por Pat Shortt, presentado aquí como un «hombre sin atributos» de presente problemático y de nulo porvenir.
El realizador de Garage, galardonada con varios premios internacionales, hace un magnífico retrato del protagonista con una gran riqueza psicológica y con una profunda humanidad que despierta las simpatías del espectador. El paisaje físico y humano (la desvencijada gasolinera, el solitario empleado) es descrito, pues, con una precisión tan rigurosa como parca en elementos expresivos: la soledad, la marginación (en una sociedad moderna identificada con el fasto y la apariencia), la carencia de afecto, la necesidad de comunicación personal… narrado con una gran sencillez y con unas sabias elipsis que hacen de esta modesta película irlandesa una de las sorpresas más agradables de la temporada.
Garage es una singular tragicomedia que no convierte las emociones en fácil sentimentalismo y que no cae en la tentación de confundir al hombre bueno con el idiota psíquicamente disminuido, una distinción de nada fácil tratamiento fílmico que hace más meritorio todavía el trabajo de su guionista y de su director. El puritanismo represivo de la Irlanda aldeana y tradicional está presente en el relato aunque sólo sea como mezquino telón de fondo desencadenante de la infelicidad y la destrucción de la persona.
Una película cuajada de sugestivos símbolos y de sutiles metáforas (las vías del tren abandonadas, la placidez del lago, el pub como un microcosmos representativo, el caballo finalmente en libertad, etc.) que nos hace evocar el universo triste y angustioso de Aki Kaurismäki (La chica de la fábrica de cerillas, Nubes pasajeras, Un hombre sin pasado, etc.) y el fatalismo moral —la inocencia machacada— de Robert Bresson en Mouchette. ¡Nada menos!
VANACLOCHA
HANCOCK, de Peter Berg
Uno de los blockbusters del verano es el último film del realizador estadounidense Peter Berg, Hancock. Sin querer desvelar aspectos determinantes del argumento —advierto que hay un giro brusco a mitad de metraje que descoloca al espectador—, el film narra el proceso de reinserción de un superhéroe convertido, por culpa del alcohol, en un sujeto irresponsable odiado y temido por la población, mediante la ayuda desinteresada de un asesor de imagen, que le enseñará a comportarse en sociedad y a mejorar su valoración pública. En Hancock se realiza una breve reflexión sobre la verdadera naturaleza del superhéroe —reconocido como tal no tanto por sus poderes sino por el uso que hace de ellos, siendo difusa la frontera entre buenos y malos, incluso franqueable en ambas direcciones—, aportando una curiosa aproximación a esa figura desde un doble punto de vista —social y psicológico—, a la vez que vemos las consecuencias que comportaría la existencia de un hombre tan poderoso como el protagonista en la realidad. Ello distingue esta película del resto dentro del subgénero superheroico, pues centra su esfuerzo en ubicar al héroe en un contexto hiperrealista y a mostrar los problemas cotidianos que le afectan e impiden desplegar todo su potencial. En ese sentido, Hancock desmitifica al héroe para hacerlo más humano y accesible: posee todos los defectos que puede tener un ser humano normal, pero ampliados exponencialmente por el carácter casi divino del protagonista. No obstante, el director no impide que el film se decante por las fórmulas más comerciales, con la previsible sobredosis de acción y efectismo a raudales. El mensaje queda diluido, pues, a la mayor gloria de Will Smith en su papel de alcohólico borde con ínfulas de buen samaritano en una trama superficial y previsible. Entretiene, que no es poco.
PAU VANACLOCHA
INDIANA JONES Y EL REINO DE LA CALAVERA DE CRISTAL, de Steven Spielberg
|
|
|
Harrison Ford en una escena de INDIANA JONES Y EL REINO DE LA CALAVERA DE CRISTAL. |
Aventuras de toda la vida
Casi veinte años después de la anterior entrega (Indiana Jones y la última cruzada, 1989), el tándem formado por Steven Spielberg / Georges Lucas regresan con una nueva entrega de este particular héroe aventurero, que alterna las clases de arqueología con su incursión en vertiginosos episodios aventureros. Ahora han sido sustituidos los malos de turno, los nazis, por agentes soviéticos, encabezados por la hierática Cate Blanchett, en una historia que arranca en 1957, en el desierto de Nevada, y que desemboca entre monumentos aztecas a la búsqueda de una reliquia de la que se dice que posee poderes sobrenaturales relacionados con los extraterrestres, leyenda que ha provocado ríos de tinta y que le sirve a Spielberg para enlazar con su film Encuentros en la tercera fase (1977).
Hay que agradecer al director que la película conserve cierto aire de cine de aventuras de toda la vida, en plena era de invasión brutal de los efectos digitales, la mayoría de las veces utilizados de forma abusiva y sin sentido cinematográfico. Spielberg nos cuenta una historia con sentido del humor y con citas de films clásicos como la saga de Tarzán y Cuando ruge la marabunta (Byron Haskin, 1954), con la invasión de las carnívoras hormigas, o la aparición de un motorizado Shia LaBeouf, con chupa de cuero, camisa blanca y tupé, que nos remite al Marlon Brando de ¡Salvaje! (Laszlo Benedek, 1954), personaje que arranca muy bien pero que luego queda un tanto desdibujado. Harrison Ford, a pesar de sus 65 años mantiene alto el listón del héroe, mientras que está desaprovechado el personaje que encarna John Hurt y también la reaparición de Karen Allen (En busca del arca perdida, 1981), una buena idea que no acaba de funcionar. Y echamos de menos la presencia de Sean Connery, que tanto juego dio en Indiana Jones y la última cruzada.
Doy por sentado que siempre preferiré auténticas joyas clásicas del cine de aventuras, mucho más frescas, como El temible burlón (Robert Siodmak, 1952) o Viento en las velas (Alexander Mackendrick, 1965), por citar solamente dos títulos. Pero tampoco hay que negar la habilidad de Spielberg de crear un popular héroe contemporáneo, totalmente reconocible por la aparición solamente de su sombra o la presencia de su sombrero como icono del personaje. Por cierto, Harrison Ford no permite que el jovencito Shia LaBeouf se lo arrebate. Hay que respetar a los veteranos. Magnífica la fotografía de Janusz Kaminski.
VICENTE
KUNG FU PANDA, de John Stevenson y Mark Osborne
|
|
|
Una imagen de KUNG FU PANDA. |
El héroe improbable
Desde hace más de diez años, prácticamente desde Toy story (1995) de John Lasseter y su compañía Pixar, nos hemos acostumbrado a unas películas con una animación por ordenador excelente. La pericia técnica está conseguida y buena prueba de ello es este Kung Fu Panda de Dreamworks, que entra sin mucho cuidado en las tradiciones chinas como Disney lo hizo hace muchos años en las europeas. Sin embargo, John Stevenson y Mark Osborne, y sus guionistas Jonathan Aibel y Glenn Berger, nos ofrecen una fábula amable, una historia violenta pero sin sangre, para todos los públicos. Desde el comienzo todos sabemos qué va a ocurrir, porque la historia es un simple viaje de superación, de transformación de un don nadie torpón en un héroe salvador de su poblado. Puestas así las cosas, lo que interesa de Kung Fu Panda es su falta de pretensiones y su extremada disposición para entretener. La animación está muy cuidada, los personajes bien caracterizados y los fondos trabajados, aunque falle la construcción de algunos de los secundarios. El conjunto es netamente positivo y disfrutable. Merece la pena quedarse a ver los títulos de crédito y la escena posterior.
SENTO BALAGUER
LA MOMIA: LA TUMBA DEL EMPERADOR DRAGÓN, de Rob Cohen
La tercera entrega de esta saga nacida a la sombra de un clásico del fantástico, que ya ha dado lugar a varias versiones más o menos infieles al original, insiste en todos los vicios de sus dos predecesoras, aunque da un paso más en su condición de parque temático de la pantalla, pues, como si de una terra mítica cualquiera se tratara, vamos asistiendo a diversas representaciones, en las que cada cual actúa tal como se espera de él: los orientales dando patadas a cámara lenta, los soldados chinos haciendo de fanáticos, las figuras de terracota de las tumbas chinas cobrando vida, la gran muralla permaneciendo en su sitio, los sepultados bajo la misma resucitando en plan esqueleto para librar su última batalla, los abominables hombres de las nieves ayudando a los buenos a pesar de su feroz aspecto... Un interminable parque temático conducido por un sosias de Indiana Jones, que ni como personaje ni como actor posee la gracia del arqueólogo del sombrero, lo cual, si lo piensan bien, es mucho decir.
PEDRO URIS
LAS CRÓNICAS DE NARNIA: EL PRÍNCIPE CASPIAN, de Andrew Adamson
Segunda parte de la discreta adaptación cinematográfica de la obra magna del escritor irlandés C. S. Lewis (1898-1963), Las crónicas de Narnia: El príncipe Caspian insiste en la fórmula de éxito basado en la explotación de historias familiares que mezclan el género fantástico y el aventurero, manteniendo la misma línea épica y la imaginería visual y mitológica de El señor de los anillos, referencia inevitable por las similitudes de personajes, razas, paisajes y escenas bélicas que invaden la pantalla de principio a fin del metraje. Una vez más, el film es excesivamente dependiente del efectismo digital que, nuevamente, sorprende por el realismo alcanzado, integrando con armonía personajes reales y virtuales, y por la plasmación visual de un mundo de fantasía donde convive todo tipo de criaturas surgidas de la mitología y la imaginación desbordante del autor. Pero tanto la historia, superficial y previsible, como los personajes, planos y sin matices, apelan a un tipo de cine, fabricado industrialmente, que carece de la suficiente personalidad. Simple entretenimiento.
PAU VANACLOCHA
MAMMA MIA!, de Phyllida Lloyd
|
|
|
Una escena de MAMMA MIA!. |
Buona sera, Mrs. Streep
La fórmula de construir musicales a partir de canciones que ya resulten conocidas del público —solas o en compañía de otras, y más o menos versionadas para la ocasión— no es nueva y conocemos ejemplos bastante recientes, como Across the universe o la española El otro lado de la cama, en ambos casos con unos excelentes resultados, algo que, desgraciadamente, no sucede en esta ocasión, en parte porque la música de referencia elegida —Abba, un grupo sueco muy popular en los años setenta (tras su triunfo en Eurovisión 74), que cultivó un pop pegadizo y simplón, en todos sus sentidos, aunque con cierto encanto derivado de su propia ingenuidad y armonía— no acaba de dar la talla; y en más parte todavía porque la película no sabe trascender esa música mediante una puesta en escena que la sitúe al servicio de una historia poderosa.
Una segunda pata, la historia, que tampoco funciona demasiado bien, en parte porque se parece demasiado a una antigua película de Gina Lollobrígida, Buona sera, Mrs. Campbell (Melvin Frank, 1968); y de nuevo en más parte todavía porque la historia de esa mujer con una hija nacida de sus relaciones con tres amantes durante un solo verano discurre por unos cauces demasiado previsibles y complacientes, y siempre con unos niveles de magia y de sentimientos muy por debajo de lo que se espera de un musical.
A pesar de todas estas limitaciones, esta adaptación a la pantalla de un musical de éxito en los escenarios teatrales de casi todo el mundo, los españoles incluidos, y primera película para la pantalla grande de Phyllida Lloyd, una mujer con amplia experiencia en el teatro y la ópera, constituye un espectáculo agradable y entretenido que nos permite dar por bien empleadas las casi dos horas de proyección.
PEDRO URIS
PEREGRINOS, de Coline Serreau
El camino de Santiago
Con guión y dirección de Coline Serreau nos llega Peregrinos (2005), el penúltimo film de la cineasta francesa, una comedia coral con genuina estructura de road movie que narra la peregrinación de nueve caminantes desde Puy-en-Velay a Santiago de Compostela, un largo trayecto desde tierras galas a Finisterre lleno de divertidas incidencias que los protagonistas (un alcohólico en paro, un ejecutivo muy estresado y una profesora de izquierdas), tres hermanos muy mal avenidos, deben hacer juntos para poder heredar a su piadosa y difunta madre.
Coline Serreau pasa de puntillas, sin abordarlo, sobre el tema de la fe religiosa y el negocio montado por la iglesia en sus santuarios, al contrario de lo que hizo Jean-Pierre Mocky en El milagro (1987), una feroz y caricaturesca sátira en torno a Lourdes que no disimulaba su anticlericalismo. En Peregrinos, por el contrario, destaca la precisión psicológica con que están contemplados los personajes, unos tipos bastante pícaros pero muy humanos cuyas conductas obedecen a diversas motivaciones, como la codicia y no la espiritualidad en el caso de los protagonistas, lo único que les fuerza a soportar las incomodidades de un largo camino a pie.
Hermosos paisajes y algunas escenas oníricas (sueños y fantasías) añaden variedad y atractivo a esta divertida comedia que concluye a modo de aventura tanto física como moral con final feliz: la obligada convivencia terminará estrechando los lazos de amistad o de amor de los viajeros y la singular experiencia habrá provocado provechosos cambios personales.
Optimista y simpática película bien servida por actores y actrices no muy famosos pero de profesionalidad contrastada entre los que merecen ser destacados Jean-Pierre Darroussin (Conversaciones con mi jardinero, de Jean Becker), Marie Bunel (Una chica cortada en dos, de Claude Chabrol) y Nicolas Cazalé (Caótica Ana, de Julio Medem).
VANACLOCHA
POSDATA: TE QUIERO, de Richard LaGravanese
Empalagosa y agridulce comedia romántica, basada en una exitosa novela de la escritora irlandesa Cecilia Ahern, cuyo nudo argumental son las cartas que recibe todos los meses una joven viuda, escritas antes de su fallecimiento por su marido, lo que sirve de excusa para rememorar los momentos vividos juntos y para que el actor escocés Gerard Butler (de duro en 300 a intérprete de comedia), que muere nada más comenzar la historia, tenga suficiente papel en sus apariciones posteriores. Dice el director Richard LaGravanese que dirigió el film recordando a un amigo fallecido jóven, el realizador Ted Demme (Beautiful girls), pero una cosa es sentir una muerte y otra trazar todo un relato desde la morbosidad de unos momentos irrepetibles. La magnífica actriz Hilary Swank debería seleccionar mejor sus papeles.
VICENTE
PROMÉTEME, de Emir Kusturica
|
|
|
Marija Petronijevic en una escena de PROMÉTEME. |
Imaginería marca Kusturica
Nadie puede ignorar a estas alturas que el realizador serbio Emir Kusturica plasma en sus películas un universo muy particular con unas imágenes poderosas e impactantes. No es de extrañar que haya ganado en dos ocasiones la Palma de Oro en el Festival de Cannes (las magníficas Papá está en viaje de negocios y Underground) y que sus films sean bien recibidos en los festivales cinematográficos en los que suele participar, como El tiempo de los gitanos, Gato negro, gato blanco, la que ahora comento, que fue seleccionada para la Sección Oficial de Cannes 2007, o su último film, Maradona, en Cannes 2008.
Ahora nos ofrece una especie de cuento rural que se inicia con muy pocos personajes: un abuelo que es un as en la fabricación de curiosos artilugios, su nieto, la única maestra de la aldea y una vaca. El conflicto surge cuando el nieto es enviado a la ciudad para vender la vaca, comprar un icono religioso y, si es posible, encontrar una novia. Esta es la excusa que le sirve a Kusturica para mostrar el contraste entre la vida urbana y la rural, con la irrupción de un banda mafiosa comandada por el excelente actor Miki Manojlovic, que se dedica a extorsionar y hacer sus pinitos en el mundo de las finanzas (esa irónica idea de querer construir en Serbia dos torres de edificios emulando al World Trade Center de Nueva York). La sucesión de momentos cómicos no ofrece descanso, desde las inclinaciones del mafioso de mantener relaciones sexuales con una gallina en celo hasta esa especie de Supermán que sobrevuela el cielo, aunque las escenas más bellas tienen que ver con la recreación de imágenes campestres, como la exuberante mujer que se baña en una balsa de agua llena de coloristas manzanas.
Se le puede achacar a Kusturica que explota el filón de su imaginería visual hasta los máximos límites, sin ofrecer a cambio unos contenidos más ambiciosos. También que su película funciona en ocasiones como una pura astracanada, al estilo del film Aquellos chalados en sus locos cacharros (Ken Annakin, 1965). Pero sus audaces movimientos de cámara, la estupenda interpretación coral (la mayoría no son actores profesionales) y la música, marca de la casa (en esta ocasión compuesta por su hijo Stribor Kusturica), esa fanfarria que no para de sonar, hacen de Prométeme un film original y distraído.
VICENTE
SUPERAGENTE 86, de Peter Segal
En pleno apogeo de la Guerra Fría y con el espía más famoso del mundo abriéndose camino en el cine, Mel Brooks y Buck Henry crearon una serie cómica que, emitida entre 1965 y 1969 por la NBC, iba a seducir a toda una generación de telespectadores: Superagente 86. Ideada como una parodia televisiva sobre espías —que no disimulaba su admiración por James Bond, agente 007, verdadera fuente de inspiración—, la serie seguía las aventuras de dos agentes de CONTROL, el despistado pero bienintencionado Maxwell Smart y su inseparable compañera «99», en su lucha contra una organización terrorista conocida como KAOS. Entretenida y, en ocasiones, delirante adaptación cinematográfica de la mítica serie, Superagente 86 es un honesto homenaje, no exento de nostalgia, de su referente, si bien actualiza escenarios y tecnología para ambientarla en el presente. Pero respeta las señas de identidad y el tono de la serie, como el uso de armas raras y elementos tecnológicos inventados por la agencia secreta, iconos como el zapatófono o el cono del silencio y una acertada caracterización del protagonista, sin duda gracias a las dotes cómicas del actor Steve Carell. Se agradece un humor contenido en numerosos gags más o menos afortunados, huyendo de la mera sucesión de chistes malos y diálogos para besugos tan propios de la comedia desmadrada para adolescentes que inundan las carteleras estivales.
PAU VANACLOCHA
UN NOVIO PARA YASMINA, de Irene Cardona
|
|
|
José Luis García Pérez y Sanaa Alaoui en una escena de UN NOVIO PARA YASMINA. |
Mestizaje cultural
Presentada y galardonada en el festival de Málaga 2008, Un novio para Yasmina es una coproducción hispano-marroquí que ha permitido a Irene Cardona debutar en el largometraje con un presupuesto económico muy reducido y con un guión propio en el que ha colaborado Núria Villazán (realizadora de Monos como Becky y Machín: toda una vida). Rodada en un pueblo extremeño, aunque sin voluntad expresa de ubicar la trama en un lugar concreto, este película tiene como protagonista a una joven musulmana marroquí (encarnada por Sanaa Alaoui) que pasa un verano en España en busca de una mayor libertad y de un futuro mejor, ilusionada por estudiar en la Universidad.
El relato tiene sin embargo un carácter coral (se filmó en castellano, árabe y francés) y presenta un tono de comedia romántica que lo aleja de esa voluntad de denuncia y reivindicación propia de los alegatos de tipo socio-político, retratando las vidas cotidianas de un colectivo movido por aspiraciones y frustraciones individuales de diverso signo: matrimonio de conveniencia para lograr la nacionalidad española, asuntos amorosos, prejuicios xenófobos, problemas de convivencia en la pareja, cursos de lengua para extranjeros, mercadillos, comidas, etc. Intención básica del film es mostrar la relación entre personas de diversa etnia, religión y cultura, apuntando los problemas de integración entre inmigrantes y nacionales, pero también entre el individuo y la colectividad, a la que hay que adaptarse mediante cambios personales que pueden ser el origen de una nueva identidad.
Película sencilla, como el fluir de la vida, nada pretenciosa, Un novio para Yasmina cuenta con buenas interpretaciones de Mª Luisa Borruel y J. L. García Pérez, encarnando a unos personajes que nunca acentúan los aspectos cómicos o dramáticos de un film que evoca los «cuentos morales» de Eric Rohmer, llenos de sutilezas y de un realismo sentimental que Irene Cardona no siempre consigue potenciar en su primera obra para el cine.
VANACLOCHA
VENGANZA, de Pierre Morel
Guión y producción del francés Luc Besson con el objetivo de conquistar el mercado internacional, incluido el norteamericano, de ahí la presencia de Liam Neeson y el rodaje en inglés. Un divorciado y atormentado padre de familia, con un pasado de agente secreto en el Líbano durante los años de la presencia estadounidense, se ve obligado a rescatar a su hija de 17 años, secuestrada en París por las mafias albanesas relacionadas con la «trata de blancas», utilizando para ello expeditivos métodos, a lo Jean Claude van Damme, Steven Seagal o Chuck «hostias» Norris. Todo es una excusa para ofrecernos un relato de acción que mantiene un ritmo trepidante, sin que falten anotaciones relacionadas con la corrupción policial. El director Pierre Morel, surgido de la factoría Luc Besson, consigue que el espectador casi no pestañee durante toda la proyección, algo muy de agradecer, aunque la exageración de algunas escenas (disparo «superficial» a la esposa del mando policial francés) y los manidos y entrecortados flash backs, típicos de los actuales telefilms de corte policíaco, le resten prestancia al conjunto. Para pasar un rato sin pretensiones.
VICENTE
WALL-E, de Andrew Stanton
El robot abandonado
A estas alturas resulta ya un lugar común hablar de la historia de Pixar, de cómo John Lasseter terminó en la dirección creativa de Disney cuando la histórica compañía cinematográfica se dio cuenta de que no disponía de armas para luchar en el campo de la animación contra quien tenía la frescura, la innovación y el futuro de su parte. Incluso en aquellas producciones menores, como resultó el caso de Cars, Pixar ha mantenido un nivel de excelencia técnico que nadie ha podido, por ahora, igualar.
Las dos películas anteriores de Andrew Stanton, Bichos (1998) y Buscando a Nemo (2003) estaban destinadas a un público eminentemente infantil. Sin embargo, Wall-E, su nueva apuesta, no es una película fácil. De hecho, apenas hay diálogos en la primera mitad del film. Nos cuenta una historia terrible, la del último robot en una Tierra abandonada por los humanos después de llenarla de desperdicios y creerse las promesas de la megacompañía privada que promete limpiarla mientras los humanos hacen un crucero galáctico. En este paisaje apocalíptico, un robot desarrolla una inteligencia propia, adaptativa, en la mejor tradición darwinista. Se autorrepara con piezas de otros robots y sabe reaccionar ante las amenazas climatológicas, además de ser consciente de su soledad, que trata de mitigar con la compañía de una cucaracha y viendo escenas del musical Hello Dolly (Gene Kelly, 1969) en un viejo reproductor de VHS. La aparición del robot explorador desencadena la aceptación de su libre albedrío y la superación de su programa de limpieza. El guión de Stanton y Jim Reardon, sobre un argumento del propio director y Pete Docter, es plenamente coherente con la evolución del personaje, tomando decisiones lógicas con su «personalidad» y sus intereses.
Muy cercana a posiciones ecologistas, retrata a la humanidad (véase el presidente mundial), con gran dureza: consumistas, despreocupados, depredadores del medio ambiente, lanzándose al espacio para no hacer frente al estropicio causado.
Wall-E tiene una enorme capacidad de sugerencia y concienciación. Un espectáculo visual apabullante en su primera parte, la que se desarrolla en la Tierra, con el retratro final de lo que estamos ayudando a crear. Recuerda por momentos otra gran película de ciencia-ficción, la maravillosa Naves misteriosas (Douglas Trumbull, 1972) en la que la humanidad también buscaba una salvación ecológica en el espacio. Incluso sus arcaicos robots de mantenimiento tienen un lejano parecido a Wall-E.
Película para ver y reflexionar, ideal para todas las edades pues tiene niveles de lectura suficientes para ser disfrutada por todos. La proyección de Wall-E viene precedida del divertidísimo corto Presto, dirigido por Doug Sweetland, deudor de los más dinámicos y divertidos cortos de la Warner.
SENTO BALAGUER
X FILES: CREER ES LA CLAVE, de Chris Carter
Segunda entrega para la pantalla grande de una exitosa serie televisiva, toda una revolución en el momento de su aparición, que integraba los elementos paranormales con los recursos del thriller más artificioso y recargado, en lo que a pistas y giros se refiere. Una fórmula que medio funciona en un formato como el de la serie televisiva, o al menos no desentona de otras propuestas de corte similar, pasadas o presentes, pero cuyo desembarco en el cine ha resultado catastrófico.
Un naufragio que todavía es mayor, si cabe, en esta ocasión, con su creador, Chris Carter, asumiendo las tareas de dirección, ya que nos encontramos ante un relato confuso y embarullado, que pretende unas reflexiones filosóficas, todo el rollo en torno a las creencias, que son pura empanada mental, y convierte a los fenómenos paranormales, encarnados en la piel de un cura pedófilo y visionario, en el sueño de cualquier guionista, ya que cuando hay que avanzar la trama y no se sabe cómo, se recurre a una epileptica visión del personaje y asunto arreglado. Y cuando ese recurso ya da un poco de grima de tanto gastarlo, los poderes paranormales son asumidos directamente por el equipo de guionistas, que conducen personajes y sucesos al albur de sus propias visiones, sin tener que justificar o fundamentar nada.
PEDRO URIS
YO SERVÍ AL REY DE INGLATERRA, de Jirí Menzel
|
|
|
Jan Díte en una escena de YOS ERVÍ AL REY DE INGLATERRA. |
Un checo del siglo XX
La filmografía de Jirí Menzel, uno de los impulsores del nuevo cine checo en la segunda mitad de los sesenta, junto a nombres como Vera Chytilova o Jaromil Jires, se ha asomado a nuestras pantallas, grandes o pequeñas, comerciales o especiales, con relativa regularidad, desde que se estrenó, vía Arte y Ensayo, su primera película en solitario, la recordada Trenes rigurosamente vigilados (1966), y de este modo hemos podido conocer a un cineasta, fascinado por los films de Chaplin, que, a lo largo de una carrera marcada por los avatares políticos, ha sabido mantener un discurso personal y tremendamente singular, en el que la sombra del maestro siempre ha estado presente.
La última entrega, hasta el momento, de esa apasionante filmografía es esta bella película que recorre la historia de la Checoslovaquia del siglo XX a través de la vida de un chico de pueblo que sueña con ser millonario, y que, a pesar de conseguir fugazmente esa meta, terminará sus días sumido en un fracaso que es el de toda una generación que primero vivió el lujo de unos pocos, los especuladores del libre mercado y sus aledaños, léase militares y políticos; más tarde la pesadilla del nazismo, con su componente de enfrentamiento civil entre alemanes y checos que compartían un mismo territorio llamado Checoslovaquia; y finalmente la falsa liberación del régimen soviético, un tiempo que la película reduce al off de los quince años pasados en la cárcel por el protagonista.
Un amplio espacio de tiempo que está servido por dos personajes y dos actores, el Jan Díte joven, un tipo particularmente arrivista e insolidario, pero cuyo único pecado ha sido mirarse en el espejo de los otros, y el Jan Díte viejo, que sale de la cárcel al principio del film, en una excelente escena chapliniana, y contempla su vida pasada, presente y futura con la sabiduría y el escepticismo que le proporciona haber sido testigo de los sucesos de un tiempo, el siglo XX europeo, en el que, como en todos los tiempos y en todos los siglos, se deja constancia de lo efímero, lo bello, y lo miserable de la condición humana.
La película respira libertad y riesgo por los cuatro costados, aunque también manifiesta cierta irregularidad, con algunos pasajes más convincentes que otros, y presenta como mayor limitación, en mi opinión, la discutible visión que ofrece de la mujer, la mayoría de las ocasiones unas alegres y hermosas muchachas que sólo sirven para satisfacer, gustosamente según su expresión, los deseos de los hombres, en su inmensa mayoría unos decrépitos personajes que dudo mucho puedan despertar el apetito de ninguna mujer, y mucho menos de las celestiales criaturas que la película pone en escena.
PEDRO URIS