AL PIE DEL BENACANTIL

EL CUENTO DE NUNCA ACABAR

Luis "El Grande" pasará de ser alcalde mediocre a oráculo de mesa camilla (Foto: Carlos Rodríguez).

 

Érase una vez un alcalde vanidoso en Alicante que tenía el defecto de autoproclamarse listo a costa de llamar tontos a los demás. Utilizaba la vieja argucia de tildar de ocurrencia, de bagatela política, cada una de las ideas que no había concebido él. Era el típico hombre que se creía con la verdad absoluta, con la opinión más sagrada, como si su punto de vista hubiese sido bendecido antes por una realidad suprema y divina. Llevaba tantos años en el poder que pasaba por ser una especie de iluminado, desarrollando un complejo de superioridad que le hacía ver idiotas donde no los hay.
Es lo malo de aferrarse eternamente a la poltrona. Uno se acostumbra tanto a mandar y a que le hagan la pelota que al fin y al cabo no le queda más remedio que despreciar a todo aquel que le lleve la contraria.
La última veleidad de Luis «El Grande» consistía en hacer perpetuo a Francisco Franco como hijo predilecto de la ciudad. En Alicante, su particular reino de taifas, se había generado una gran polémica con tamaña pleitesía hacia el dictador, hasta el punto de traspasar las fronteras, pero nuestro alcalde monarca no quería dar su brazo a torcer. Repetía una y otra vez: «Aquí en mis fueros, ni racionalidad histórica ni nada, mejor memoria selectiva, además este es un asunto en el que no piensan mis súbditos». Nadie lo sabía, pero Luis «El Grande», por lo visto, además de dotes de soberano, también había incubado facultades telepáticas, de mentalista, y conocía en cada momento lo que tenía en la cabeza el personal. Al igual que sucedía en el medievo, debió visionar, nada como unir el poder terrenal y sobrenatural para pasar a la posteridad.
En fin, a esto se le llama la eterna insatisfacción del ser humano. Siempre que conseguimos algo, aspiramos todavía a más, aunque nuestras ambiciones sean totalmente disparatadas. El caso de Alperi era la nota más expresiva. De alcalde mediocre a oráculo de mesa camilla.
En esas estábamos cuando, de repente, apareció en la villa y corte un nuevo protagonista. Todo cuento que se precie debe tener un héroe dispuesto a cambiar el orden establecido de las cosas. En esta ocasión se trataba de Carlos Morenilla, un síndic de greuges cargado con todos los epítetos de un relato de caballerías. Se le encomendó la misión de librarnos del oprobio que supone tener como personaje idolatrado a un militar felón que traicionó a un gobierno democrático, causando luego una sangrienta guerra y posguerra. Morenilla no defraudó, a pesar de las presiones de las huestes alperianas. Hizo oficial lo que era un rumor a voces. Que Luis «El Grande» se comportaba como un gobernante oscuro, obstruccionista e irresponsable con la ley de la Memoria Histórica.
Pero, claro, más sabe el diablo por viejo que por diablo, y Alperi, experto en ir de Herodes a Pilatos, despachó a Morenilla con una evasiva entre sibilina, hipócrita y cobarde. Primero, alegando que la citada legislación no tenía nada que ver con los honores que se le rinden al tío Paco; después, con un delirio de grandeza que pasará a los anales sin mucho esfuerzo: «Gracias a mis reuniones clandestinas durante la transición con García Miralles, Calvo Serer y Salvador Forner se ha traído la libertad y la democracia a España…».
Vaya, hay que ver cómo se pudre el lenguaje en boca de los villanos. Su doble moral no tiene desperdicio. Intentan compatibilizar su condición de demócratas con su delicada manera de interpretar el horror de una dictadura, cuando en realidad están proyectando un perfil de franquistas vergonzantes, demostrando su connivencia con todo lo que aconteció allí. Luego se quejan de que los alcaldes abertzales mantengan las calles a terroristas en el País Vasco…
Es una pena que este tipo de amonestaciones verbales no tengan un carácter sancionador. De esta manera, el actual status quo amenaza con convertir toda esta historia en el cuento de nunca acabar.

IGNACIO ALTED