La serra Grossa de Alicante exhibe un boquete que sobresalta (Foto: M.C.).
DE RESPONSABILIDADES COLECTIVAS
 

Cuando alguien viene a visitar Alicante, el Castillo de Santa Bárbara es siempre una cita turística obligatoria. Desde la fortaleza asentada en el monte Benacantil la urbe cobra el encanto de lo distante y, por momentos, casi parece acogedora. Sin embargo, cuando los ojos se topan con el boquete de la serra Grossa se produce el sobresalto. Sí, el mordisco que exhibe la montaña cuyas faldas besa el mar causa en el visitante, sin excepción, un inconfundible gesto de desagrado y asombro que normalmente va acompañado por toda una serie de preguntas con un implícito tono acusatorio: ¿Cómo se ha podido permitir semejante estridencia?, ¿no ha habido un movimiento ciudadano capaz de impedirlo? Es entonces cuando al autóctono anfitrión, para paliar la vergüenza, le toca sacar a relucir el histórico logro de la plataforma ciudadana Salvem el Benacantil que, gracias a una sentencia del Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana, evitó hace más de tres años la construcción del Palacio de Congresos en la ladera del monte que da nombre a esta sección.
Muchas veces, reflexionando al hilo de alguna lectura sobre el Holocausto, me he preguntado si es posible calibrar el grado de responsabilidad colectiva en un determinado acontecimiento. Sin duda, el exterminio nazi es el episodio más terrible y obsceno del siglo XX, lo que hace arriesgado establecer comparaciones y paralelismos. La cuestión es saber hasta qué punto es descabellado extrapolar algunos planteamientos a otros debates como el que surge a propósito del mal gusto con que se diseña y se desarrolla una ciudad a nivel urbanístico.
A poco que se ahonde en el proceso de ascensión al poder de Hitler, emerge todo un abanico de complicidades y una amplia gama de responsabilidades dentro de la sociedad alemana de la época. Hay que tener en cuenta que una de las primeras labores que acometió el Estado nacionalsocialista fue la erradicación de la disidencia política. Los primeros prisioneros que, en marzo de 1933, entraron en Dachau eran miembros de grupos políticos de izquierdas enfrentados al nazismo, alemanes en su gran mayoría. Ni ellos ni otros muchos alemanes que, como el gran dramaturgo y poeta Bertolt Brecht, optaron por el exilio, pueden ser acusados de connivencia alguna con el régimen nazi.
El problema estriba en los que se quedan. Sobre ellos recae el peso de la culpa en diferentes porciones. En primer lugar, como es lógico, se encuentran las personas que ejecutan las atrocidades concretas. En el drama humano que desembocó en la segunda guerra mundial los autores fueron los integrantes del Partido Nacionalsocialista, de la Gestapo y las SS, así como sus colaboradores directos. También es notoria la carga que corresponde a los que, sin participar en la barbarie, tienen conocimiento de ella y la ven con buenos ojos o la justifican de algún modo. En un eslabón inferior se hallarían aquellos que, desaprobando lo que sucede, no hacen nada para oponerse a ello, bien sea por miedo o por comodidad. Por último están los que ignoran lo que acontece o no quieren o pueden dar crédito a las informaciones que denuncian crudos hechos reales. Aquí entra en juego la asombrosa capacidad de autoengaño del ser humano. Estos dos últimos estratos son los que, salvando las distancias, podrían ser de utilidad a la hora de comprender la pasividad de los ciudadanos ante injusticias de otra índole, ante asuntos infinitamente menos graves, más cercanos y cotidianos.
Dejo esta peliaguda cuestión abierta para terminar mi breve elucubración sobre las responsabilidades colectivas con un símil mucho más exacto, accesible y gráfico. Hagamos un trabajo de antropomorfismo con las ciudades. Imaginemos que son rostros de mujer. Alicante sería entonces el de una fémina que, habiendo tenido la suerte de ser agraciada con unos rasgos armónicos y unos hermosos y grandes ojos azules, ha cometido el error de querer aumentar el tamaño de sus labios a base de silicona y de reducir su nariz, que bien podría ser la serra Grossa, recurriendo a la cirugía de bajo coste, además de abusar del maquillaje sobre una piel con moreno de rayos UVA y de emplear colores fluorescentes para resaltar una mirada que no deja traslucir inteligencia alguna entre tanto artificio. El resultado, como no puede ser de otro modo, es un esperpento. Y los asesores de imagen de esa grotesca dama somos, con desiguales niveles de responsabilidad, todos los alicantinos.

MARTA CASTILLO