La costa alicantina ofrece todavía la posibilidad de perderse entre rocas en ciertos rincones alejados de las masificadas playas en las que los turistas nórdicos invocan al cáncer de piel exponiendo sus cuerpos al implacable sol de mediodía. Suele tratarse de emplazamientos poco accesibles y, en contadas ocasiones, sin rastro de huella humana. Uno de ellos, una pequeña cala radicada en un lugar de cuyo nombre no quiero acordarme para ahuyentar a constructores y demás aves rapaces, es uno de los factores de peso que siempre está presente cuando se trata de buscar motivos para reconciliarse con Alicante. En los meses veraniegos, bucear en sus aguas sigue siendo una experiencia balsámica. Su fondo marino es todavía un espacio concurrido en el que conviven pulpos, salpas, morenas, erizos, medusas y un sinfín de especies endémicas del Mediterráneo, como la posidonia oceánica.
Sin embargo, hace un par de años que he detectado una grave ausencia durante mis inmersiones de aficionada con precario equipamiento. Ya no encuentro las pinceladas de intenso color naranja que las estrellas de mar daban a ese cuadro submarino. Dado que mis conocimientos en biología marina brillan por su ausencia y que los erizos y las salpas nada supieron decirme de su desaparecida compañera, pregunté a una amiga ducha en la materia para descubrir la causa de tal volatilización.
Me explicó que la posidonia, además de ser un arma enormemente eficaz contra el calentamiento climático por su gran capacidad de absorber carbono (uno de los principales gases que lo originan) y de producir oxígeno, es una planta fundamental a la hora de albergar vida en los ecosistemas marinos. Gracias a ella pueden alimentarse y cobijarse crustáceos, moluscos y peces. La reducción de las praderas de posidonia oceánica implica la merma del número de especies que se nutren de ella, como es el caso de las llamativas estrellas de mar que tanto echo de menos. Y esto es lo que está sucediendo, debido entre otras cosas a los vertidos de aguas residuales, a la pesca de arrastre ilegal y a la aparición de un alga tropical que la torpe mano del hombre introdujo accidentalmente en Europa. Su toxicidad hace que no resulte comestible, lo cual favorece su expansión. Así, va ganando terreno en detrimento de la posidonia y la biodiversidad que ella propicia.
«No es que los ecosistemas estén fallando, sino que estamos ejerciendo una presión insoportable sobre ellos y lo que está en juego no es la continuidad de la biosfera, sino de las formas de vida que ahora nos parecen valiosas y estimables», sostenía Jorge Riechmann en una entrevista publicada no hace mucho en «La voz de Galicia». Y la progresiva disminución del número de estrellas de mar en la susodicha cala y, presumiblemente, en toda la Costa Blanca, es un claro ejemplo de ello. Es la triste prueba de que el poeta tiene razón.
Antes, cuando el naranja todavía endulzaba mis paseos submarinos, sacaba del mar de vez en cuando algún verdoso esqueleto de erizo que yacía en las zonas menos profundas. Por su exacta geometría siempre me han parecido obra del mejor de los orfebres o del más perfeccionista de los escultores. Los utilizaba luego como elementos decorativos colgados en la pared de mi habitación. Hoy, cuando me sumerjo en las mismas aguas, me limito a contemplar la belleza de sus habitantes sin alterar lo más mínimo el paisaje. Cuanto más he sabido de la fragilidad inherente al equilibrio de nuestros ecosistemas más fácil me ha resultado deshacerme de la estúpida manía que tenemos los seres humanos de querer apropiarnos de aquello que admiramos. Y aunque un esqueleto pueda parecer inservible en un determinado hábitat, lo cierto es que cualquier elemento generado por la naturaleza suele cumplir una función, aunque ignoremos cuál. Una función vital y no estética como la que adquiere luciendo en una pared.
Es obvio que mi gesto no va a hacer que se multipliquen las estrellas, los panes y los peces, del mismo modo que mi voto nunca altera de manera significativa los resultados electorales y no por ello he dejado de acudir a mis sucesivas citas con las urnas. Quiero dejar constancia, por otro lado, de que son muchos los expertos que trabajan para frenar los procesos que hacen menguar la superficie marina ocupada por posidonia. Por eso, y porque la esperanza es lo último que se pierde, todavía me zambullo en el mar que inspiró a Serrat con el anhelo de encontrar el vívido naranja de antaño.
MARTA CASTILLO |